Sábado, 29 de abril de 2017

Las pornaes y el Lunes de Aguas

 

Hacía tiempo que no nos venía una Semana Santa tan agradable y sonriente como la que terminamos de disfrutar. La buena temperatura ha presidido todos los actos: los religiosos, los profanos y los paseos al campo: esos que trazamos, de mañana, en busca de verdor, de paz natural y de silencio tonificador del cuerpo y del espíritu. Y ante tanta sorpresa sorprendente, me comento: ¡Qué poco le cuesta a la naturaleza renovarse, renacer de nuevo cada año, engalanarse de frescos colores y de nuevas esperanzas e ilusiones! Esperanzas que no son las mismas esperanzas del año pasado, como tampoco es el agua del río que fluye a cada instante a la sombra del álamo de la ribera; en cambio, mira que le cuesta al hombre cambiar de idea, de respeto a los demás, de conducta, de compromiso personal y social y de empeño en poner a punto los valores y principios éticos y morales, que dignifican la comunidad toda y fortalecen la personalidad individual. ¡Cuánto nos cuesta a los hombres cambiar de pelaje!¡Cuánto pánico ante la innovación y el afloramiento de nuevas vidas y experiencias! Nos lo grita la misma naturaleza: “”Renovarse o morir”, y tomemos, como ejemplo, lo más cercano: nuestros pueblos, cada día, son menos pueblo, porque nos aferramos al inmovilismo, y nos dejamos deslumbrar de los juegos florales del ritual festivo.

Y empleo, como introito esta reflexión ante la llegada inminente del Lunes de Aguas.

 

He indagado por qué, al segundo lunes de Pascua, se le conoce por “lunes de aguas”, y, al presente, no he dado con una respuesta convincente. Es que, posiblemente, no hay respuesta. Que, en el origen del lunes de aguas, hay agua,  nadie lo duda, pues el escenario principal fue el río Tormes; y elegir el primer día de la semana para celebrar el acontecimiento, es más explicable, puesto que el segundo lunes de Pascua era el señalado por la iglesia, para que las prostitutas retornasen a la ciudad a cumplir con el precepto de la confesión y de la comunión; una vez que estuvieron recluidas, y sin faena, durante la cuaresma, en la casa de la Mancebía, ubicaba en el Arrabal del Puente, adonde dicen los “Barreros”, donde hacían la feria del ganado, a la esquina del huerto del mesón de Gonzalo Flores, yendo todo derecho arriba hacia el Teso de la feria.

El príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, fue quien tuvo la idea de construir, en la ciudad, la casa, pero el Ayuntamiento se opuso y se elevó el asunto hasta los Reyes; estos dictaron, en 1498, una provisión para que se sacara la construcción de la casa a subasta, y se quedó con ella Juan Arias Maldonado, regidor de la ciudad, quien la levantó en el lugar señalado. Costó 10.000 maravedís (294 reales).

Según las ordenanzas, que promulgó Felipe II, sobre las casas de mancebías, el consistorio de cada ciudad debía nombrar el padre de la mancebía, quien era el responsable de la disciplina y del cumplimiento estricto de las ordenanzas al respecto. En Salamanca, se le dio el nombre del padre Lucas, pero podéis imaginar el verdadero titular.

Las ordenanzas dictaban el atuendo que debían llevar las mozas: “Las dichas mujeres traigan mantillas amarillas cortas sobre las sayas, y no otros hábitos, bajo la pena de trescientos maravedís”. “En dando las oraciones, antes anochecer, se recojan las dichas mujeres a la dicha casa, y, en ella, estén toda la noche sin salir a otra alguna parte, bajo pena de cien azotes. La casa debía contar con un cirujano, que, cada ocho días, visite y mire a dichas mujeres, y de las que no hallase sanas, dé cuenta de ellas al diputado del Consistorio, para que las envíen al hospital”.

Acontecía que las servidoras de la casa debían cumplir con la iglesia el lunes de la octava de Pascua, y para confesar y comulgar, debían subir a la ciudad, pero no les permitían cruzar el Puente Romano, porque estaban en pecado; por lo que, los estudiantes las iban a recoger en barcas a la margen izquierda del río. Esas barcas se adornaban profusamente con ramas y, de ahí, le viene también la denominación de “rameras”. En tal ocasión, la gente de la ciudad, bien provista de viandas y pellejos de vino, se acercaba al río a curiosear y a celebrar el regocijo y alboroto estudiantil. La tradición del “lunes de aguas” se mantiene, y la costumbre se esparramó por la mayor parte de la provincia, jornada en que se degusta el suculento hornazo, regado de buen vino y mejor jarana. En Macotera, el hornazo se descuartiza en tortilla y en buenas lonjas de lomo y jamón, y lo endulzamos todo con el flan y la rosca.