Martes, 26 de septiembre de 2017

Minas, uranio, encinas y dinero

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Tengo un vino peleón en la mano, no hay quien convenza a Emilio de que cambie de marca.

La tertulia, cosa rara, anda con opinión unánime: Berkeley se pasa por el forro de sus razones permisos, prohibiciones e informes. Su construcción sigue adelante, la tala de árboles continúa.

Es como si pensasen que todo está atado y bien atado, como si supiesen que ellos, ricos empresarios, no pueden perder contra unos cuantos paletos pueblerinos (y españoles, para  más señas) empeñados en plantarles cara. Como si los ricos si intuyesen que España sigue moviéndose en el terreno de los señoritos donde sus criados, aunque lleven el título de ciudadanos, están para obedecer sin rechistar. O para aceptar las dádivas generosas que pueda ofrecerles la mano que manda.

En todo este asunto, me preocupa más la posición de algunos alcaldes de la zona que, engañados de buena fe o ayudados a engañarse (no lo sé bien) apoyan un proyecto opaco (cuando menos, opaco) y lo amparan con uñas y dientes. Y echo de menos el PSOE de cuando la S significaba algo, ese PSOE que gritaba junto a mí, en las protestas del Comité Antinuclear salmantino aquello de “Centrales nucleares, en la finca de Suarez”. Claro que, entonces, Felipe González seguía pareciendo de izquierdas