Viernes, 28 de abril de 2017

Mesa abierta a todos

No quedarnos en los cómodos ritos de nuestras liturgias, sino traspasar los umbrales de nuestras casas y abrir nuestras mesas a todos los necesitados

El Miércoles Santo pasado, nuestro obispo, Don Carlos López, celebraba en la Catedral Vieja, acompañado por un número próximo a los ciento cincuenta sacerdotes, seculares y religiosos, la solemne ceremonia de la bendición y consagración de los Santos Óleos, con los que se ungirá después a los que se bauticen, confirmen, o reciban el orden de presbíteros u obispos, y a los enfermos o mayores en peligro de muerte, con el óleo bienhechor de la unción de los enfermos

Ya esa misa tenía una abierta referencia a la institución del orden de los sacerdotes, puesto que éstos realizan en esa misma eucaristía la renovación de las promesas de castidad, obediencia al propio obispo y el servicio caritativo, con base en la propia pobreza o renuncia a los bienes de la tierra, que supone la entrega personal y aun material a los que se ven afectados por cualquier tipo de necesidad. 

El sacerdocio, por supuesto, hace una clara referencia a la práctica de los siete sacramentos y, especialmente, al sacramento de la Eucaristía. Pero la gran fiesta de la institución de la Eucaristía tiene lugar el Jueves Santo, y ese memorial es el que celebramos el Jueves Santo de cada año. Lo que hacemos en la Eucaristía es repetir lo que hizo, y nos mandó hacer a nosotros, Cristo en su última cena: Tomó el pan, lo bendijo y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Igualmente tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y les dijo: Tomad y bebed, éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros. 

El cuerpo sería entregado y la sangre derramada en su pasión y muerte al día siguiente, en la tarde del viernes. Cuerpo entregado y sangre derramada por nosotros y por todos, por nuestra salvación. Es la entrega máxima, la del que da la vida por sus amigos. Y aun por sus enemigos. En efecto, Jesús diría desde la cruz al día siguiente: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen

Están, pues, el sacrificio y la entrega iniciados en la cena, y el hecho se completará efectivamente al día siguiente. Estamos, por tanto, en la mesa del pan partido y de la sangre derramada

Pero en aquella cena hubo otro gesto que resulta verdaderamente aclaratorio del sentido y la herencia de la misma cena: Antes de cenar, Jesús se quita el manto, toma una toalla y una palangana, y se pone a lavar los pies a sus discípulos. La ceremonia de lavar los pies al peregrino que llegaba a casa era propia de los esclavos. Luego el Señor se hace esclavo de sus discípulos. Con razón se resistía Pedro a que Jesús le lavara los pies. Pero al fin no tuvo más remedio que aceptar porque se trataba de las nuevas leyes, leyes de servicio, en el nuevo reino que estaba a punto de comenzar. Yo no he venido a ser servido sino a servir, había dicho en otra ocasión Jesús. Y aquí estaba ahora para demostrarlo. 

Y les dijo también: Habéis visto lo que he hecho yo, siendo vuestro Maestro. Pues así debéis hacerlo también vosotros, lavándoos los pies unos a otros

En esta ocasión, se lavan los pies a los que han sido admitidos al banquete. Los judíos no invitaban a sus banquetes más que a los suyos. O en todo caso de su misma raza. Jesús rompe esos protocolos y admite a su mesa a publicanos y pecadores, permite acercarse a las prostitutas, y aun hace sitio para los mismos fariseos, que le critican y se escandalizan porque traspasa las leyes judías. 

Jesús había dicho en cierta ocasión que, cuando dieran un banquete, no invitaran a los ricos o a sus iguales, porque les invitarían a su vez ellos a otro banquete y quedarían pagados. Les dice que inviten a los pobres que no les pueden pagar, y así intercederán y les pagarán ellos en la vida eterna. 

La eucaristía es ese banquete abierto a todos los hombres y particularmente a los pobres. Mal negocio hacemos si nos quedamos sólo con los ritos externos de la misa o la eucaristía. En nuestra eucaristía, en nuestras casas, los pobres y los hambrientos deben ser los preferidos. Seguramente nos queda bastante para practicar estas enseñanzas del Maestro. Porque pobres, hambrientos, refugiados... abundan entre nosotros. Y no se suele ver que los sentemos a nuestra mesa y los admitamos en nuestra casa. 

Éstas son las exigencias propias del Jueves Santo, día de la Caridad, de modo que, al celebrar este año una vez más sus rituales, tendrían que empujarnos a no quedarnos en los cómodos ritos de nuestras liturgias, sino traspasar los umbrales de nuestras casas y abrir nuestras mesas a todos los necesitados. ¿Nos atreveremos a dar este paso en Salamanca?