Jueves, 29 de junio de 2017

Hoy muere Cristo

Sí, digo muere y no murió. Ya sé que murió, pero quienes creemos en él, quienes lo confesamos como El Cristo, tenemos por cierto que sigue muriendo y no metafóricamente. Jesús de Nazaret no fue un condenado a muerte más, de los que siguen yendo al cadalso hoy en día, como los que esperan la inyección letal en Arkansas, y por eso podría con toda justicia ser el patrono de los ejecutados, un símbolo de cómo hay que afrontar la muerte: con valor, con dignidad, de cara, en paz, con esperanza. Jesús es mucho más, por eso hoy Viernes Santo quien más quien menos no puede por menos que recordarlo, aunque no crea que es el Hijo de Dios y que por lo tanto sigue vivo, no en la memoria, como cualquier muerto querido, sino en la realidad, próximo, aunque invisible para los ojos de la carne, que no del corazón.

Solo hubo un Viernes Santo, terrible y dramático, oscuro y desesperado para quienes habían depositado en él todas sus ilusiones, humanas, demasiado humanas, y que vieron en su muerte un gran fracaso. El Mesías fracasado, un iluminado más, ellos que creían haber visto en él a alguien muy distinto. Cuatro mujeres al borde del patíbulo, sus discípulos huidos (¿habríamos huido nosotros de estar allí? Seguro que sí, si tenemos el valor de ser sinceros, ¿cuántas veces no huimos frente a problemas que reclaman nuestro compromiso?), burlas, desprecios, odio: a quien pasó por la vida haciendo el bien, le despedían con el peor mal posible, como un maldito para los judíos, como un loco peligroso para los romanos que hasta tuvieron el humor negro de colocarle sobre su cabeza un letrero llamándole rey de los judíos. Fue la venganza extrema de Poncio Pilato contra quienes le habían empujado a la muerte y a los que no se atrevió a plantarles cara: en definitiva, qué más daba, se crucificaba a tantos, pero él tuvo claro que este era distinto e inocente y por eso ordenó personalmente que en la cruz figurara el título. No en balde el propio Jesús le reconoció que era rey “pero mi reino no es de este mundo”: quería decir el Nazareno que en su reino los reyes, a diferencia del nuestro, no mandaban despóticamente sobre sus pobres súbditos, en su reino el mayor, él mismo, tenía que ser el último. Un reino al revés el de Jesús, construido sobre el servicio, anclado en la fraternidad, dirigido al amor. Un reino en el que los poderosos lavan los pies a los más humildes y se los besan, como él hizo siempre.

Por eso Jesús vuelve a morir hoy en todos los que mueren injustamente: ejecutados, asesinados, torturados, arrastrados al hambre y a la enfermedad por unas estructuras sociales y políticas pensadas por y para el egoísmo. La muerte de Jesús ocurrió hace casi 2.000 años y nos sigue interpelando ahora mismo, como si estuviéramos allí, este  Viernes  Santo de 2017, pero no para llorar, ni para darnos golpes de pecho, sino para cambiar el mundo –el que está a nuestro alcance- desde ya mismo. No quedándonos con las manos en los bolsillos. En política comprometiéndonos y no escondiéndonos sino defendiendo las causas justas y alzando nuestra voz, en la vida social haciéndolo presente entre los marginados, los enfermos, los condenados a la soledad o al ostracismo, los despreciados por quienes se sienten mejores, los humillados y ofendidos de la Historia. Cuando luchamos por la justicia, cuando acompañamos a quien no tiene a nadie, es como si volviéramos a aquel día y nos rebeláramos, abandonando nuestra condición de cobardes, es una oportunidad que nos damos a nosotros mismos y que no podemos perder.

Es lo que pensaba anoche cuando veía, otro año más, al Cristo del Amor y de la Paz. Es un hombre muerto, pero en su cabeza caída no hay dramatismo, es como si alguien cariñosamente la hubiera recogido entre sus manos, su rostro es dulce y sereno. Me invitaba a seguir así a su lado durante mi existencia, acompañarle en cada momento difícil de mi vida, sabiéndome protegida, impulsada, llena de sentido, del sentido que este mundo no puede dar pero que él, aunque ejecutado como un vil malhechor, entrega a raudales en cada momento a quien lo necesita y acepta. Los tambores y trompetas que anunciaban su presencia por las calles salmantinas, eran una llamada a mi conciencia, un redoble en mi corazón, sentía que me decía: aquí estoy, junto a ti, todos los días de tu vida, pero entrégate a los demás, sigue mis huellas, no despilfarres en vano tu tiempo, y al final descansarás en el amor y la paz. Le miré, le sonreí y asentí. Tu muerte no fue en vano, Señor.

Marta FERREIRA