Jueves, 27 de julio de 2017

Salamanca-Jerusalén, un viaje en diez escalas

Cristo Yacente, fotografía de José Fernando Santos Barrueco

16 de abril de 2017, 19:42 horas. El vuelo JSS-75 procedente del aeropuerto de Jerusalén ha llegado puntual a Salamanca tras la anual peregrinación. El nostálgico pasajero de los pasos pasados abre su maleta y se topa con una túnica chorreada de cera y oscura en los bajos, con un cíngulo siete veces anudado, con el rosario que tanto significa y que este año sí rezó, con la vela bautismal de una intensa vigilia y con el pregón de Asunción Escribano que tanto bien le ha hecho para que el viaje resultara más provechoso. En los departamentos laterales hay un recordatorio del besapiés del Rescatado, una estampa de la Dolorosa y un ejemplar de Christus. Por ahí debe estar también Pasión en Salamanca, debajo del capuchón que guardó para sí su penitencia, junto a los claveles aún frescos del Resucitado y no lejos de unas notas, las suyas, las íntimas, que ha tomado en cada escala.

El Domingo de Resurrección acababa de escribir, antes de hacer el equipaje, que al fin comprende la Cruz de Cristo al verla brillar en plata, sobre lecho de oro, y recibir el sol más hermoso que abril reserva en sus mediodías. Que sólo así es posible aceptarla como patíbulo en el que ha expirado el Dios-Hombre sufriente o como carga sobre los hombros del Inocente. Que sólo entonces ha distinguido la alegría en el rostro de las Tres Marías que han vuelto a emprender su camino hacia el Sepulcro ya vacío como hace cuatro siglos. Antes, el Sábado Santo, dejó constancia del misterio del silencio sin otra palabra que la de Dios llamando a la esperanza desde Pizarrales, libro abierto de promesas por cumplir.

El Viernes Santo no supo qué añadir tras escucharle entregar el espíritu con grito tan fuerte, pero al fin mencionó a los de Serradilla del Arroyo y a los de Candelario metidos en su papel de pueblo que contempla activamente, habló de los peñarandinos alumbrando desde San Luis hasta el Humilladero, de los albenses admirados ante la Madre de Dios de Pedro de Mena,  y citó a los cofrades del Cristo del Sudor con sus capas, que marchan descubiertos por las calles de La Alberca porque Jesús yace muerto. Agitada la mente, buscó serenidad esbozando sobre el papel tres cruces que se recortaban sobre la arboleda del Campo de San Francisco, añadió a la central una escalera y perfiló un sudario que extendiera su abrazo de misericordia. Luego, una plegaria contenida ante su acristalado reposo y una oración más suelta que evocaba una tarde, con su noche, de contrastes en mejor armonía. Culminaba aquel párrafo la Hermandad Dominicana surcando la Catedral después de tantos años.

Entre estaciones tuvo tiempo de escribir el Jueves Santo para no dejar en el tintero el Tálamo de la Vera Cruz bejarana, ni los oficios tradicionales de la Universidad, ni al Obispo arrodillado lavando los pies, ni San Bernardo haciendo pasillo a su Jesús del Vía Crucis… Tampoco olvidó que desde las Úrsulas y desde el Arrabal partieron mandatos nuevos, y que aún se escuchaban ecos hermosos por las Isabeles. Ese día escribió de rodillas, ante el Pan de la Vida reservado en los siete monumentos que visitó: “Pange lingua gloriosi…”.

Y siguió releyendo para hacer memoria de su Miércoles Santo, cuando una columna baja es el perfecto eje del más alto de los amores, cuando Ledesma reza con su Cristo de las Aguas y Vitigudino busca en el cementerio a su Cristo de la Agonía. Intentó describir el aroma del crisma y de los óleos y se le ocurrieron tres palabras: divinidad, humanidad y comunidad. Del Martes Santo rescató un elenco de cruces que ansían hermanar razón y fe al transitar junto al Estudio, pues sin la Luz no es posible caminar, porque en tinieblas todo se confunde, hasta concluir que el diálogo es posible y que hacer silencio lo propicia en noches así. O en atardeceres como el del Lunes Santo, cuando en Ciudad Rodrigo brota un fresco manantial y por Berrueta asoman azules testigos de la doctrina más evangélica, atravesada por clavos.

Junto a la estrenada página del Domingo de Ramos dejó una hoja de laurel que resumiese el día misterioso en que la victoria de Jesús es presentada como aclamación y como cruz, como alabanza y como despojo, como alfombra de palmas y como vino mirrado, para que su perdón al fin todo lo aclare. El Sábado de Pasión sonó a vísperas de todo un año, el que falta para que se sume el pardo color franciscano a la paleta cofradiera, un sábado de preparativos y besamanos, de bullicio e impaciencias. De pronto, ya era Viernes de Dolores en su lectura del diario, por lo que de nuevo sintió los siete versos con que quiso aliviar a María de sus espadas, y le parecieron mejores después de su viaje a Jerusalén, ése que cada año comienza, acontece y finaliza en Salamanca.