Martes, 30 de mayo de 2017

El campo comienza a tener sed

 

Lo compruebo cada mañana, cuando salgo a darme una vuelta por los aledaños de la ciudad. Y es una pena porque la cosecha se presentaba con esperanza, y, para más “inri”, no tiene síntomas de llover. Y el otro día, mientras yo contemplaba como el campo empieza a ponerse lacio, en una calle empinada de Salamanca, una manguera regaba a chorros alegres su pavimento y sus aceras, porque iba a pasar una procesión y tenía que mostrarse guapa. No lo afeo, sólo expongo el contraste de la vida.

Llegué a casa, me acicalé y marché a dar una vuelta por la ciudad. Me encontré con un gentío de niños, jóvenes y mayores, y con las terrazas abarrotadas: no encontré una silla donde poder sentarme a tomar una cerveza. Y, en la plaza, los más jóvenes, sentados en corrillos, como cuando las niñas jugaban a las mecas, degustaban algo que extraían de unas bolsas de plástico y lo engullían empujado con unos tragos, que absorbían de unos botes y vasos blancos; y otros, ensimismados y ávidos por no sé qué,  dejaban las pestañas sobre el wasap, como si les faltase tiempo.

Y seguí la ruta, porque ya dije que no encontré donde posarme, y me dirigí al barrio antiguo, y, hasta allí, seguía la cola de gentío y de terrazas, y más abigarradas aún, hasta el punto de que, en muchos tramos de la Rúa, tuve que caminar al bies o al sesgo, porque las mesas y las sombrillas se han apoderado de las calle y de la plaza y de los rincones, porque los hombres, las personas, tenemos, cada día, menos sitio por donde pasear, relajar nuestra ansiedad y admirar el arte y la guapura que despiden nuestros monumentos y nuestras calles y nuestras plazas, que, hasta poco, eran nuestras y, ahora, se han convertido en negocios al aire libre, que huelen a dinero; y donde hay dinero, la persona no cuenta. Y esta es nuestra “semana santa”, la resignación cristiana ante tanto abuso permitido.

Y hablando de Semana Santa, me encontré con grandes hileras de personas, que esperaban, sentadas en los bordes y asientos de los jardines y en las escalinatas de la Clerecía, la llegada de la procesión, que avanzaba lenta, muy lenta, sin llegar a entender el porqué camina tan despacio y con tantas pausas, que cansan tanto al que reza, porque ya no le queda cuenta libre donde colocar el padrenuestro, como a los turistas, que vienen atraídos por la belleza y la emoción de sus pasos, que quieren inmortalizar con los cámaras y vídeos.

Y me volví a casa un poco harto de todo. Y, con el deseo de levantarme temprano para volver al campo a compartir palabra con él,  hablar de nuestras cosas, que no tienen nada de ficticias, y sí mucho de realidad.

Y aquí puedo caminar con libertad, sin necesidad de utilizar el sesgo.