Lunes, 11 de diciembre de 2017

El fin de ETA y sus relatos

Pocas horas antes de que ETA escenificara la entrega de las armas terminamos un ciclo de conferencias sobre la Posmodernidad. Tuve ocasión de compartir con el profesor Garrido unas reflexiones sobre lo que Vattimo llamó pensamiento débil y que se caracterizaba, entre otras cosas, por el final de los 'grandes relatos'. Las grandes ideologías, utopías o cosmovisiones han dejado paso a pequeñas narraciones o relatos. Desde el 'mindfullness' hasta el 'running', pasando por la gastronomía o los ritmos étnicos, el ciudadano se ha instalado en la zona de confort del microrrelato.

Cada vez es más habitual la pregunta por el tipo de relato con que proporcionar sentido a las noticias significativas o hechos relevantes. Lo importante no parece estar en la tregua de ETA, el final del terrorismo o la entrega de las armas, sino en el relato donde se inscribe este hecho. Nadie duda que puede ser interpretado como un acontecimiento importante en el relato de la democracia española. Ahora bien, tenemos pendiente la construcción de un relato educativamente responsable con el que integrar con dignidad el dolor y la memoria de las víctimas. Para eso la opinión pública nos ofrece al menos tres tipos de relatos.

Hay quienes piden un relato justiciero con el que interpretar estos hechos en términos de una democracia débil, como si ETA se estuviera riendo de los españoles que desde siempre han mantenido convicciones firmes ante el proyecto político de ruptura. Conscientes de que no volverán a una España unitaria, los mantenedores de este relato piden a la sociedad que no mire para otro lado y no se deje engañar por unos terroristas cuyo proyecto militar ha fracasado, aunque su proyecto político ha triunfado.

También existen quienes valoran esta escenificación desde el relato de una democracia generosa. Hay un relato posmoderno que entiende la excarcelación y la salida de los presos como el equidistante final de un conflicto. Los defensores de este relato consideran que si empezamos a preguntarnos por la verdad de los crímenes cometidos, la colaboración con la ley para la determinación de responsabilidades, la petición individualizada de perdón a cada una de la víctimas o la entrega incondicional de las armas, entonces será imposible que cicatricen las heridas.

Entre el relato justiciero y el pragmático hay un relato moral que reclama un final sin impunidad, con arrepentimiento y responsabilidad. Un relato que pide estudiar bien la historia sin la edulcoración de los hechos o manipulación de los lenguajes, el relato del compromiso con las víctimas, sus rostros y su verdad. La historia de terror no puede presentarse como una historia legítima ni como un sacrificio legítimo por la patria. Frente al relato de quienes miran atrás o quienes miran a otro lado, es hora de recuperar el relato de mantener los ojos bien abiertos.