Miércoles, 26 de abril de 2017

Los morteros de Sierra Carbonera

La semana pasada, comentando la nueva situación que se plantea en la Unión Europea con motivo de la “puesta en marcha” del Brexit, ya advertía que la negociación iba a ser cualquier cosa menos fácil, porque sería la primera vez que Inglaterra saliera perjudicada. Ya es rarísimo que, con las prisas – y tal vez por soberbia- se hayan olvidado de incluir a Gibraltar en el paquete negociador. Este fallo inexplicable en un político inglés ha supuesto la posibilidad de que España pueda sostener –por primera vez- una posición de igual a igual en el largo contencioso sobre un Peñón, cuyo status forzosamente deberá tener un tratamiento distinto al actual, toda vez que se convertirá en  un territorio ajeno a los socios europeos.

            Lo cierto es que, desde la aprobación del Brexit, la sociedad británica está más dividida que nunca. Y dentro de los dos bandos, la población “llanita” se mostró ampliamente partidaria del ”No”, por la sencilla razón de que la canonjía que disfrutan ahora puede variar próximamente. Hasta hoy, hablarle a un “llanito” de España era poco menos que nombrarle la bicha – no debe olvidarse que, aunque no lo reconozcan, son andaluces, y de Cádiz-. Ahora, a juzgar por lo nerviosos que están, es posible que reconsideren su postura. De todas formas, no conviene vender la piel del oso antes de cazarlo. A los españoles –al menos a la mayoría- se nos asocia en el exterior, entre otras cosas, con las corridas de toros; a los ingleses con la caza del zorro. La principal diferencia estriba en que nosotros no tenemos nada de toros, y los ingleses, hay que reconocer que son unos zorros. En los dos próximos años vamos a asistir a una lucha exaspera de Inglaterra por conseguir las condiciones tendentes a poder salir de la UE, con el consiguiente ahorro de la obligación de “aportar” fondos y seguridad a sus actuales socios, pero sin renunciar a ninguna de las ventajas económico-comerciales de su actual situación. Desde la época de nuestro amigo Francis Drake, comulgan con la doctrina: el fin justifica los medios.

            En el reinado de Felipe II, antes del episodio de la Armada Invencible, el orgullo de los ingleses difícilmente soportaba la pujanza del Imperio español. De hecho, bajo los auspicios de Isabel I, tuvimos que soportar frecuentes asaltos de verdaderos piratas que saqueaban nuestras naves y nuestras costas. Los lazos de parentesco, junto al soterrado enfrentamiento entre católicos y protestantes, no consiguieron parar el enfrentamiento, cuya primera acción importante se salda con el fracaso – que no la derrota- de la escuadra católica, diezmada por la falta de pericia del mando, la nula e coordinación y las malas condiciones climatológicas. Decimos que el episodio de la Armada Invencible fue más fracaso que derrota porque no fue un hecho aislado en el enfrentamiento España-Inglaterra. La escuadra española se rehízo y, un año después, volvió a enfrentarse a la Contra-Armada de Norreys y Drake, en aguas del Cantábrico, Portugal y Las Azores. Los ingleses tuvieron más de 15.000 bajas y perdieron 50 barcos. En 1741 volvimos a enfrentarnos a una potente armada inglesa –la mayor concentración de barcos de guerra tras el desembarco de Normandía- al mando de lord Vernon, que pretendía invadir el continente americano por Cartagena de Indias. Defendió la costa el mutilado almirante Pedro de Lezo, que consiguió derrotar a los ingleses con poca más de 3000 hombres. Aún volvimos a repeler dos intentos ingleses de desembarcar en las costas de Argentina. Para ser imparciales, hay que resaltar nuestra derrota en Trafalgar, por ayudar a mantener la ambición napoleónica de invadir las islas británicas. Se ve que, salvo en la batalla de Lepanto, los españoles nos hemos defendido mejor en el mar cuando combatimos sin alianzas.

            La historia no ha sido imparcial en esta etapa del imperio español. Buena culpa de ello hay que cargar en el debe de Inglaterra por su especial habilidad a la hora de airear –muchas veces faltando a la verdad- sus victorias sobre España y guardar en ultratumba sus derrotas. Nuestros fracasos fueron hábilmente utilizados para convertir en hechos consumados lo que hubiera sucedido en Inglaterra en caso de haber triunfado nuestros barcos. A este ignominioso montaje, conocido con el nombre de Leyenda Negra, también hemos contribuido los españoles por haber querido ignorar nuestra propia historia.

            Volviendo al Peñón de Gibraltar, y para dar una idea de la prepotencia con que se miraba a España –y el persistente error español de ceder siempre a sus desmanes por nuestro escaso reconocimiento exterior- quiero referir una circunstancia vivida por quien esto escribe. Estando destinado en Unidades del Campo de Gibraltar, hacíamos nuestras prácticas de tiro en un campo situado en Sierra Carbonera – a escasos 3 ó 4 km. de La Línea de la Concepción-. El día de autos, el ejercicio era con morteros de 120 mm.; arma que tiene una trayectoria muy curva y una flecha que puede superar los 1000 m de altura. En un momento determinado, recibimos la orden de, por razones de seguridad, suspender el tiro porque debía tomar tierra en Gibraltar un avión de pasajeros. Nótese que estábamos en territorio español y que dicho avión, para efectuar esa maniobra, debía invadir el espacio aéreo español. Inglaterra ha construido puerto y aeropuerto fuera de los límites marcados por el Tratado de Utrecht, y está considerando como propias parte de las aguas españolas en la bahía de Algeciras. Distintas resoluciones de Naciones Unidas han dado la razón a España en el contencioso de esta vergonzosa colonia. Es igual, Inglaterra no hace ni caso. Ojalá me equivoque, pero mucho me temo que en las negociaciones a partir del Brexit volvamos a estrellarnos con las maneras filibusteras, maquiavélicas y amenazadoras de una Inglaterra que ya nos mira por encima del hombro. Sin disparar un solo tiro, pero aplicando la nueva legislación de fronteras exteriores, se puede vencer la resistencia de ingleses y llanitos. Por experiencia, ya saben de qué estamos hablando.