Miércoles, 26 de abril de 2017

Primera crisis psicosocial II

Ahí es donde verdaderamente está la magia, concluyó el Maestro,  y por muy pequeñitos que os parezcan los bebés,  en su primer año ya tienen que conseguir encontrar el equilibrio en esa fantástica relación en la que recibe de todo pero en la que siempre carece de algo y prepararse para la siguiente crisis psicosocial

Pero antes de mamar, continuó el mago tiene lugar una interacción muy importante que es el contacto físico, piel contra piel de la madre y el bebé.

Lo primero que debe de hacer un partero sensato es poner al niño (que me perdonen las niñas,  pero es que los magos fuimos educados en el  uso del  neutro como forma no marcada e inclusiva, así,  cuando digo niños,  vosotras,  también estáis incluidas,  dijo Al sonriendo y dirigiéndose a sus alumnas) encima de la madre para que se reconozcan y dejar que se acaricien.

Para el niño es la confirmación de que no todo se ha perdido con el trauma del nacer, que aunque no sea tan confortable como antes, sigue habiendo un cuerpo dispuesto a cuidarlo y protegerlo y para la madre, curiosamente, es también muy importante.

Tanto que, como me contaba un amigo que trabaja en un gran hospital, durante unos años a mediados de los setenta, los psicólogos se encontraron con una sorprendente nueva patología en jóvenes madres: sin tener rasgos de ningún tipo de enfermedad mental, ni conflictos familiares con sus parejas, ni ninguna razón aparente que pudiera explicarlo, estas mujeres se quejaban de no sentir amor por sus bebés, a pesar de que,  racionalmente,  sabían que eran sus hijos, que eran niños deseados y que los querían.

Mi amigo y sus colegas se pusieron a investigar las condiciones en que se habían desarrollado los partos y encontraron que todas ellas habían dado a luz en clínicas súper modernas altamente esterilizadas y científicamente concienzudas,  donde uno de los protocolos básicos  que se usaban era el de aislar al niño de la madre durante los primeros días.

Para facilitar a la madre la recuperación del parto y prevenir las posibles infecciones del bebé,  decían. Lo que no sabían,  los que vosotros llamáis científicos y sabe cualquier madre del pueblo este que tenemos aquí al lado,  es que las primeras cuarenta y ocho horas son cruciales para  la formación  del instinto materno.

Ver al niño, oírlo, tocarlo, pone en marcha ciertos circuitos neuronales que aumentan la secreción de oxitocina, hormona que,  entre otras muchas funciones,  activa la capacidad de vinculación. La madre obtiene así, con el contacto temprano con su hijo,  una “impresión” en sus circuitos neuronales tan potente,  que activa su instintiva disposición al amor materno.

Pero… volvamos al asunto, prosiguió el mago Al frotándose las manos. Por supuesto que succionar del pezón es la siguiente fase esencial de la relación, pero no hay ninguna magia especial en ello. El hambre crea una necesidad que busca satisfacción y la madre lo satisface,  bien con sus recursos bilógicos o con una fórmula preparada en el biberón,  pero lo hace.

Y no se trata sólo de comer, se apresuró a señalar el mago, si no que hay todo un código de señales que unen al bebé y a la madre,  sobre el que se va cimentando la confianza básica, la seguridad de que no está uno sólo,  de que existe alguien dispuesto a salvarte de la más masiva de las impotencias.

 Ahí es donde verdaderamente está la magia, concluyó el Maestro,  y por muy pequeñitos que os parezcan los bebés,  en su primer año ya tienen que conseguir encontrar el equilibrio en esa fantástica relación en la que reciben de todo pero en la que siempre carecen  de algo y prepararse para la siguiente crisis psicosocial.

 

Fotos:www.plataformaetf.wordpres.com