Lunes, 11 de diciembre de 2017

Empatía

Leo en alguna parte que cierto personaje cuando anda por la calle se concibe en cualquiera de las personas con las que se cruza. El periodista que firma la noticia, el artículo, la entrevista, ya que no recuerdo exactamente en qué contexto está integrado el relato, afirma que es el mayor símbolo de empatía que puede haber. Una persona que se pone en lugar del otro, de cualquiera, sin dudarlo, desechando todo atisbo de exclusión. Porque de eso se trata cuando se usa esta palabra que solo muy recientemente ha dado el salto al lenguaje más coloquial dejando atrás otros significados más técnicos; como cuando yo, pienso, la escuché por primera vez ligada al mundo de la física. Hoy, sin embargo, se usa más. En la política pareciera que es un requisito indispensable: quien no la posee, no conecta con el otro, no comunica bien, es un desheredado de una gracia que, en cierta medida, construye un eslabón entre la razón y la emoción.

 

Hablando de empatía, una compañera me relata una anécdota de un conocido suyo que es incapaz de mirar no solo a los ojos sino ni siquiera vagamente a la cara de la persona con quien habla. “Suda cuando balbucea unas parcas palabras que son su contribución normal a todo tipo de conversación”, añade. Pero lo que yo creo, sin conocerle, es que es tímido. ¿Será lo mismo timidez y falta de empatía? Continúa relatándome que un día él no recordaba lo que ella le había contado con entusiasmo una semana antes. ¿Se relaciona el olvido con la ausencia de empatía? Incluso, abunda,  a veces no se despide ni agradece la invitación al café cuando urgido por una cita que recuerda de manera imprevista se levanta de la mesa. ¿Está vinculada la falta de educación con ese término? Con sonrisa maliciosa, mi amiga termina la historia con una sentencia que me deja atónito: “lo que le pasa es que tiene un problema con sus neuronas espejo”. Nunca podía suponer que una excelente filóloga, como es ella, concluyera con esa afirmación.

 

En el camino de regreso a casa voy absorto en todo esto. Satisfecho, en parte, por lo que considero un pequeño avance en la siempre deseada interdisciplinaridad, aunque frecuentemente acosada por sectarismos epistemológicos. Me distraigo mirando los rostros de los transeúntes con quienes me cruzo. Me imagino sus vidas y quiero dar el salto en el vacío que me haga entrar en ellas; ser como ellos; o, mejor, comulgar con ellos en un ejercicio ecuménico ilimitado. Pero no puedo. Mi ejercicio apenas traspasa ciertos niveles de curiosidad o incluso de querer buscar alguna relación de causalidad, aunque sea espuria. Entonces, me voy preocupando poco a poco. Mi falta de empatía se yergue como un muro que me aísla. Es un resorte para reforzar mi patrón de vida individualista. Una herramienta que provoca que la solidaridad apenas sea una bella palabra. Un ideal de política pública financiada por mis impuestos que tan gratamente cubren un agujero empático.