Lunes, 24 de julio de 2017

Oscúrame, de la mexicana Ingrid Valencia

El colaborador de SALAMANCArtv AL DÍA reflexiona en torno al libro ganador del Premio Pilar Fernández Labrador, publicado por la Diputación de Salamanca

Ingrid Valencia con su libro ganador (Foto de Jacqueline Alencar)

                                                                                       Escribo como quien viene

 de una casa habitada,

 llena de feroces manos,

 abiertas como el fuego, encendidas como orillas.

Ingrid Valencia

 

Oscúrame, bello título para un poemario pasional y citadino, intimista y urbano, profundamente femenino –sin feminismos de conveniencia-, de amores y desencuentros, de despedidas y bienvenidas, de diálogo con la vida y la muerte, escrito por la mexicana Ingrid Valencia, merecedor del prestigioso Premio Internacional de Poesía ‘Pilar Fernández Labrador’, en su edición 2016, otorgado en Salamanca, la ciudad de los saberes.

 

En la presentación del poemario, la catedrática de la USAL, Carmen Ruiz Barrionuevo, luego de un meticuloso análisis del poemario de marras, asienta: “El concepto de lo oscuro para referirse al recinto de lo poético tiene antecedentes prestigiosos. La oscuridad creadora aparece en los poetas místicos y también en los románticos alemanes y en los surrealistas, pero si nos referimos a la poesía del siglo XX y en nuestro idioma, dos poetas muy diferentes han incidido en este concepto, el cubano José Lezama Lima que asocia la oscuridad creadora con la infancia del niño que capta la sensualidad de las palabras, y el chileno Gonzalo Rojas para el que lo oscuro está asociado a lo germinal poético como bien se explora en su libro Oscuro (1976). Ingrid Valencia asume el concepto de otro modo, como un imperativo y una urgencia que marca la esencia naciente de lo poético. Oscúrame es, según la autora, un libro de diálogo, nacido por necesidad, un libro que lanza llamadas a mirar el mundo en transformación, de ahí la existencia de imágenes inconexas en las que se potencia sobre todo la palabra y sus sonidos”.

 

Acertadamente, la académica establece un hilo conductor para el mejor entendimiento de las plurales y disimiles intencionalidades de la poeta: la inconexión, conectada, sin embargo, por una emoción que tercia extremos en apariencia contradictorios e irreconciliables. Leamos: “Son los engranes del tiempo / los que pulen nuestro paso / por una vida repleta de ríos que se cruzan. // Es la mudez del espectáculo / una forma de hablar, / de entregar a otro los días. // No es la carne sino la destrucción, / el leve sonido de las máquinas / que forma círculos en la plaza del cuerpo”.

 

Valencia es apasionada a ultranza, sus versos van del cuerpo a la calle, de lo más íntimo a lo más evidente; transita la vida en una cuerda floja de equilibrista coetánea que -  desde las alturas de su emoción - contempla el vacío físico que no va atajar a su cuerpo, cuando se lance al otro vacío: el de la  existencia; la poeta comunica: “Comienzo, sí, a mirarme, / a recordar la danza, el aleteo, / el frágil desequilibrio de abrirse paso / por dentro de la piel, / incluso en la multitud / de aves que mueren / cada noche mientras respiro”.

 

No renuncia la escritora a su carácter de irremediable ciudadana de urbes convulsas, agitadas, sobrepobladas y contaminadas, el monóxido de carbono, el hollín, la mugre y la suciedad, las cenizas de cercanos volcanes, le dan también tono y color a su citadina realidad: “Soy la roca lanzada hace ya varias horas a la orilla de la calle, de la ciudad negra que me nombra”.

 

En efecto, para que no quede ningún rescoldo de duda de su poesía urbana, la poeta versifica: “He de poner un dedo en la cicatriz que gira / —y también avanza—  / junto con las ciudades / que se quiebran y hunden. // Sospecho que he nacido en un tiempo que se va, / que me lleva a las orillas, / a los límites del alba, / de la máquina danzante // donde soy junto con otros / un cuerpo más que tirita, / que envuelve la mañana con su furia inútil. // La mirada se pierde / convivo con estos ojos, / los cargo, los alimento con mensajes, con anuncios. // Esta es una forma de comenzar, / de extender una pregunta sobre la calle, / de respirar, de envejecer, / de salir, de traer de la noche / una piedra de años / que rompa las vitrinas / y ofrezca el rugoso imperio / de lo acabado”.

 

La mexicana se niega a la derrota temprana; por más desconsuelo, desazón o frustraciones que enfrente, de su morral de convulsas emociones hace salir su voz valiente, su firme decisión de no sucumbir ante las adversidades, los infortunios, las desventuras, que acechan en esquinas y rincones de la existencia humana. Armada de valor afirma: “Niego ser el que se va / ya vencido, ya dentro / de una casa amarilla / llena de grietas y gente, / de ruido nocturno”.

 

Profundamente contemporánea es la poesía de esta joven escritora que asume los signos de su tiempo, su aquí y ahora, su situacional dad en tiempos de incertidumbre, de preguntas sin respuestas o de respuestas que ya no son válidas ni vigentes en un siglo XXI que va echando abajo las certezas y las seguridades. Ingrid Valencia, sin remilgos, asume su tiempo y su espacio:  

 

Voy encendida de cosas

de sitios adentro.

Los objetos del día están

sobre la mesa:

un valle rocoso, una caverna.

El frío moja

los enjambres de la piel.

No hay guarida,

ni dios ni lago en el cielo.

Sólo un árbol

que mece el columpio de la tarde.