Miércoles, 26 de abril de 2017

Semana ¿Santa?

La verdadera Semana Santa no se reduce a procesiones, ni en ella éstas son lo más importante

En mis años de infancia y juventud, yo pasaba la Semana Santa con gran deleite porque, aunque no había bailes ni fiestas, ni cines ni teatros, además de las celebraciones religiosas, las radios y las televisiones emitían música religiosa del tiempo de Pasión y películas de sentido religioso.

¿Que era exagerado aquello? Por supuesto. Pero hoy nos hemos pasado al otro extremo. La Semana Santa ya no es Semana Santa; son vacaciones de primavera y tiempo para pasar en la playa, en la montaña, en alguna casa rural o en el goce del turismo en el interior o en el extranjero.

Claro que quedan, o quedamos, algunos que mantenemos el recogimiento, el ayuno y las celebraciones propias de la Semana Santa. Pero incluso los que quieren atenerse a celebraciones de tipo cristiano, en muchos casos lo reducen a la contemplación o participación en las despampanantes procesiones de valor nacional y aun internacional en cuanto al turismo, interno o externo, que nos visita.

En una reciente tertulia, de larga tradición, alguien afirmaba que la Semana Santa queda reducida a las procesiones, que además son doloristas en extremo, que algunos con razón podrían desear que se supriman, o desde luego que no sean subvencionadas por las instituciones políticas. A lo sumo se les reconoce un valor de tradición cultural y popular.

En cuanto a las manifestaciones de la alegría de la Pascua o de la Resurrección, quedan reducidas a una mínima procesión del Encuentro en el domingo de Pascua.

Quizá tenemos que admitir que, a la Iglesia, o a los eclesiásticos, la Semana Santa se nos ha ido de las manos. Es verdad que las Cofradías convocan a multitud de gentes, y en muchos casos incluso con abundancia de jóvenes. Aunque es posible que esas asistencias, en ocasiones, no tengan más que afán de presumir de manifestaciones de poder o de fuerza, en plena competencia de unas cofradías con otras; pero también hay muchos que permanecen en segundo plano y que manifiestan sus signos de religiosidad con sinceridad y humildad.

La verdad es que la verdadera Semana Santa no se reduce a procesiones, ni en ella éstas son lo más importante. Tampoco es verdad que nuestras manifestaciones semanasanteras se reduzcan a sentimientos doloristas, manifestación que es, por otro lado, muy típica de los españoles en todo tipo de vivencias y no sólo en las religiosas.

La verdadera Semana Santa, que da su comienzo con el aldabonazo del Domingo de Ramos, se centra en el llamado Triduo Pascual, es decir, los tres días santos con que culmina la santa cuaresma: el Jueves Santo, el Viernes Santo y la Vigilia Solemne del domingo de Pascua.

De los tres días, sólo el Viernes Santo se centra en la Cruz y la muerte de Cristo; los otros dos días, el Jueves Santo y el Domingo de Pascua, son días de gran fiesta y de alegría pascual, de Resurrección y de Vida. El Viernes recoge, no sólo los sufrimientos y muerte de Cristo, sino también los sufrimientos de los inocentes, de los enfermos, de los hambrientos, de los pobres, de todos los humillados y sufrientes de cualquier manera que sea. Pero la celebración, que recoge esas irrenunciables realidades humanas, anuncia la vida y la gloria de la resurrección, en definitiva, el triunfo del bien sobre el mal, sobre la muerte y el pecado. No tiene valor en si misma, sino como anuncio y espera de vida, de libertad, de justicia, de amor y de paz, que tendrá su máxima manifestación en la celebración de la fiesta de Pascua.

Por otra parte, aunque se pudiera tomar en consideración la dimensión oscura de toda la cuaresma, lo cierto es que, si la cuaresma se prolonga a lo largo de cuarenta días, la celebración de la Pascua abarca cincuenta días, hasta la fiesta de Pentecostés, que celebra la venida y la presencia del Espíritu Santo, continuador de la obra salvadora de Cristo. Si consideramos que el dolor y la penitencia ennegrecen los largos días de cuaresma, hay que admitir que la celebración ordinaria de la vida y de la esperanza llena todo el resto de los 365 días del año.

¿Ritos oscuros y tristes de la Iglesia católica? No parece fácil admitir esa visión de tantos anticlericales, racionalistas y materialistas que, lamentablemente, quizá porque nosotros no hemos sabido mostrar el valor feliz y esperanzador de la vida cristiana, siguen en sus proclamas y exigencias hacia un Estado laico, que debe ser ajeno, si no inclusive contrario a toda manifestación religiosa. Aunque, por otro lado, sean favorables a las manifestaciones islámicas o de religiones orientales.

La Semana Santa de este año puede hacernos reflexionar y encontrar caminos de paz, de solidaridad, hasta de alegría y de esperanza, contemplando también los gestos de solidaridad y de caridad o de asistencia que llevan a cabo tantas instituciones religiosas, también Caritas, aunque no sólo ella. Y la expresión más grata y admirable es la de tantos misioneros que entregan su vida en favor de los más necesitados por todo el mundo. Esa es la Iglesia, ciertamente en muchas ocasiones pecadora, que celebra la vida y recarga su espíritu religioso en los misterios de la Semana Santa.