Martes, 26 de septiembre de 2017

Una invitación

No falla. La semana que culmina el segundo domingo del mes de abril, el mundo del deporte se tiñe del verde de los magnolios y el rosa de las azaleas; de los colores, en definitiva, de los que se viste el Augusta National al comienzo de la estación florida. En este modesto rincón del estado de Georgia, el golf presume de alguna de sus señas de identidad más controvertidas, esas que heredó de los lores británicos: su elitismo y sus dejes aristocráticos. Sin embargo, conviene no juzgar con la óptica del presente un torneo que, si es cierto que se enmarca en un ámbito cronológico concreto y actual, viene a representar, sin embargo, un paréntesis en el devenir de la realidad mundana.

 

El Masters de Augusta es la mejor oportunidad de acercarse al mundo de los dieciocho hoyos y los catorce palos, a la terminología avícola de “eagles” y “birdies” y al concepto de “par”, tan difícil de explicar como el de fuera de juego. Porque si es verdad que el torneo exalta los valores que tanto se critican, también rinde homenaje a otros tan necesarios por su escasez como la belleza, el respeto a los mayores y la nobleza. En Augusta el campo es un jardín francés y los antiguos ganadores, además de tener el derecho de portar una chaqueta verde y acceder a un vestuario distinto, reciben el trato de leyendas vivientes. En el Masters hay árbitros, sí, pero su papel no es otro que el de regular casos de desconocimiento o certificar la corrección de la decisión de los jugadores, los encargados de regirse conforme a las normas, aunque tengan que imponerse una penalización que les cueste el triunfo.

 

Como apuntaba, Augusta es una suerte de Olimpo en constante renovación. Este año se hará especialmente presente la figura de Arnold Palmer, “The King”, fallecido recientemente, pero no faltarán menciones a otros grandes jugadores como Severiano Ballesteros, quien con solo 23 años se coronó ganador desafiando todos esos valores clasistas que el torneo enarbola con inocente naturalidad. El cántabro, hijo de un ganadero montañés, demostró que todo es posible si se conjugan talento y disciplina, genio y trabajo. Como le sucedía a Indurain en el Tour, Seve siempre cumplía años en Augusta. Sesenta haría este domingo.

 

Precisamente por Seve, enamorado de sus habilidades y carisma, empezó a jugar al golf el padre de Jon Rahm, gran esperanza española para alzarse con el triunfo. El vizcaíno nació el año en el que José María Olazábal conquistó el primero de sus dos victorias (1994) y parece destinado a conquistarlo todo. Con esa intención, al menos, afronta este torneo que, sin embargo, condena a la mediocridad el habitual juego brillante del referente nacional de los últimos años, un Sergio García que no termina de ver los golpes –cuantos menos, mejor– que hacen falta para completar el recorrido.

 

Sea como sea, les invito a vivir, aunque no entiendan nada, aunque desconozcan el modo de puntuar, las normas más básicas o aunque nunca hayan golpeado una pelota de golf ni sentido la emoción de verla surcar el cielo, los últimos nueve hoyos del Masters de Augusta. Les emocionará la belleza del recorrido, el rumor del público, la tensión con la que los golfistas afrontan cada golpe que debe aproximarlos a la chaqueta verde.