Martes, 30 de mayo de 2017

¡Están locos estos cofrades! (y II)

 

Decía Obélix el otro sábado que “estos druidas hispanos están majaretas”, pero quise yo entenderle que se refería a la locura cofrade en la que, supongo, tengo cuota, vela, cruz y banzo. Me cuento entre los que no olvidan su condición entre el Domingo de Pascua y el Miércoles de Ceniza, lo que no me impide detectar esas sombras que impiden brillar con más fuerza a las muchas luces que cofrades y cofradías aportan, aportamos, a la Iglesia y a cada ciudad o pueblo de España.

 

En estos días, algunos vuelven a Salamanca. Alejados de ella porque hicieron su vida en otra parte, regresan para vestirse la túnica de su hermandad y cumplir con la ceremonia de cada año. A su vez, otros cofrades  prefieren por los más diversos motivos no participar tampoco en las procesiones (evidentemente, la mayoría no aparecen por cultos internos o reuniones), y eligen visitar otras poblaciones o incluso desfilar en ellas. Muchos no viajan, sino que aguardan en la acera… ¡la llegada de su cofradía! (en el peor de los casos, con la medalla al cuello). Lo que no comprendo con la mente, que en bastantes casos me cuesta, intento comprenderlo con el corazón. Y cuando en el corazón me duelen esas ausencias, exprimo a la mente para hallar las causas. Finalmente encuentro algunas, lamento rencillas y desencuentros, y termino respondiéndome que ojalá algún día regresen todos ellos, porque no son imprescindibles pero sí necesarios, porque cuando falta uno a todos alguien nos falta, y si la Semana Santa no sirve para reunirnos, ¿dónde encontraremos el vínculo?

 

Junto a las locuras de la división, o de la desafección, o de la separación, en estrecha relación con ellas, percibo la locura de la exageración, que trasciende de lo estético y termina por invadir todos los ámbitos. En lo material puede perjudicar o entorpecer, pero cuando toca lo esencial, lo espiritual, el daño es mucho más grave.

 

No es menor la locura de la ligereza, ésa con la que se causa alta o baja en la lista de una hermandad como se agregan o borran “amigos” en Facebook. Los pasos fugaces por una cofradía, que no excluyen las incursiones en una junta directiva o en la dirección de un paso u otra tarea de responsabilidad, suelen arrojar un balance que se repite: la notoriedad alcanzada es inversamente proporcional a la buena huella que se deja.

 

Demoledora es la locura de la ignorancia. ¡Cuántas situaciones tristes se evitarían de haber cualificación en dirigentes y dirigidos! Cuántos debates acerca de la identidad sustentados en lo externo y qué pocos sobre la identidad eclesial de las cofradías que, por momentos, se desdibuja, mientras la faceta cultural o la dimensión turística se ponen a su altura o la superan, y ya no somos nosotros, los cofrades, los que decidimos qué queremos ser.

 

Desconcertante me resulta la locura de los que convierten una hermosa vocación, con rasgos de tradición y elementos de devoción, en una mera afición. No niego su valor en el establecimiento de relaciones sociales o de conciencia de pertenencia a un grupo, pero aquí no se trata de entretenimiento, plan de ocio y pandilla.

 

Peligrosa locura son los vaivenes de las personas si redundan para mal en las instituciones y los de las instituciones cuando afectan negativamente a las personas. Una cofradía está para el crecimiento en la fe de sus cofrades, y los cofrades, para que su cofradía sea comunidad de fe. Que, como medio, organice procesiones y salgan en ellas no debiera despistar a la una y a los otros de su fin primero y último.

 

Locura de incoherencia si decimos manifestar una fe que tenemos pero no cuidamos, locura de orgullo si anteponemos el yo al nosotros, locura de exceso si predicamos respetos y austeridades y no moderamos la crítica o el gasto, locura si hablamos de penitencia y olvidamos el sacramento del perdón, locura si “mi Cristo” no es Jesús o si “mi Virgen” no es María, locura si esta Pascua no resucitamos…

 

De otra manera, no encontraremos más puesto de carga que en el paso apócrifo y televisivo del Judas Iscariote, soga y bolsa en ristre, que hace entrada solemne en “La Oficina” de los ladrones. Quizá podamos argumentar que han sido otros, justificar que nos han quitado la ilusión, protestar porque nos han robado la Semana Santa… pero no, habremos sido nosotros los que, como el traidor, hayamos perdido la esperanza. Porque podremos estar locos a veces, pero nunca desesperados.