Miércoles, 26 de abril de 2017

La enfermedad de las palabras -IV- El progreso de la narrativa

    Uno de los mayores fallos de cualquier género narrativo es resultar inverosímil. La literatura admite tanta diversidad de temas y enfoques como quepa en la imaginación de los autores, desde el más crudo realismo a lo más absurdo o surrealista. Se puede hacer suspirar de amor a una rata de cloaca, poner a bailar en tutú al imán de la mezquita u organizar un botellón de viudas octogenarias. Pero siempre, dentro de una congruencia interna. Las incongruencias y el lenguaje retorcido son a menudo intentos pretenciosos de parecer original o importante.

    Cuando yo corregía a los alumnos de Comunicación las frases o expresiones que no se entendían con claridad, respondían casi siempre tratando de explicar lo que habían escrito:

        –Pues quiero decir que tal, tal y tal.

        –¿Y por qué no has escrito precisamente tal, tal y tal, en lugar de tel, tul, tol?

        El periodismo se basa en hechos y  en datos reales y verdaderos. Albert Einstein propugnaba: "Si quieres decir la verdad, dila con sencillez y claridad. La elegancia déjasela al sastre". La literatura de ficción sí admite la elegancia, lo cual no la exime de congruencia. Hace décadas que la calidad media del periodismo –escrito, audiovisual y digital– se encuentra bajo mínimos. Para desgracia de quienes además de escribir somos lectores compulsivos, la narrativa progresa como los cangrejos (cáncer en latín significa literalmente cangrejo) y ya está a un paso de alcanzar al periodismo.