Domingo, 24 de septiembre de 2017

Mi mamá me mima

Desde diferentes ámbitos, pero especialmente en España, analistas sociológicos vienen advirtiendo de la progresiva infantilización de la sociedad, en todos sus aspectos, y las nefastas consecuencias que para la convivencia está teniendo la trivialización, abaratamiento, aniñamiento  y vulgarización de ese descenso y retroceso de la calidad intelectual y la capacidad intelectiva general, sobre todo en las sociedades consumistas occidentales.

Desde la publicidad en todos los ámbitos, cuyo nivel en la complejidad de sus mensajes ha tocado el fondo de la chabacanería y la baratura hasta lingüística, además del irredento machismo y snobismo general que la define; pasando por la práctica totalidad de la industria del ocio y el entretenimiento, con una oferta comercial cada día más chocarrera, infantiloide y facilona (cine, teatro y música principalmente), sin olvidar la entronización popular de “artistas” en todos los ámbitos del espectáculo, cuya inexistente calidad y fantasmagórico talento copan la parte del león de los escenarios y pantallas y de los infantilizados gustos ciudadanos; o la deprimente oferta editorial que, salvando escasas excepciones, se alimenta de mediocridades, medianías e incompetencias, presunciones, timos y camelos por no decir de basura a espuertas en tapa dura y blanda y grandes tiradas, o la ínfima calidad de la mayor parte de los programas televisivos y radiofónicos convertidos en un vergonzoso marujeo, del mismo modo que la tertulia política (un decir) o los espacios informativos (otro decir), han devenido en cosa parecida a un mal patio de vecindad gritón y maloliente.

En este panorama de desoladora medianía, que llamar infantil quizá no haga justicia a los niños, es deprimente observar la conformidad explícita y hasta soberbiamente presuntuosa que exhiben supuestos “educadores” (principalmente padres –una tragedia en España lo de la educación familiar-, pero también profesores, monitores y dómines de todo pelaje), cuyo nivel de exigencia cultural, capacidad de relación, competencia educativa o el mismo disfrute del ocio, no alcanza siquiera las mínimas cotas que su propia maduración personal, el crecimiento intelectual o la mera edad deberían suponerles. Legiones de imitadores de los demás adoptando apasionadamente lo que les proponen como si lo hubiesen elegido ellos mismos, con aficiones, comportamientos, afanes y prácticas que revelan mucho más que molicie mental y vagancia intelectual (que también). La mayor parte de esos “educadores” muestran una inquietante ineptitud no sólo para servir siquiera de parcial ejemplo a sus “educandos”, sino que experimentan, se hunden y protagonizan proyectos perversos que prevén la vida para abstenerse de vivirla realmente y negligencias varias para digerir su propio crecimiento (no sólo intelectual), con la constatación de un escalofriante descenso de las expectativas personales (y colectivas, por tanto) del grueso de generaciones enteras en cuanto a solvencia personal, competencia social, auto-respeto o exigencia de calidad en las cosas, en su más amplio sentido, y que, además, se creen liberadas y dan más importancia a la sensación que a la experiencia, al rozamiento que al enraizamiento.

Con diversos latiguillos (“disfruta de la vida”, “conseguirás lo que te propongas”, “lucha por tus sueños”, “es por los niños”, “no te compliques”, “mira sólo hacia adelante” y otras celebraciones de la cortedad), los padres y “educadores” de todo tipo se parapetan tras las supuestas necesidades infantiles –que ellos crean con su desatención- para seguir ellos mismos infantilizados en cuanto a sus propias exigencias, incapaces de crecer, inventar o imaginar y, sobre todo, inválidos para reconocerse como adultos, participando una tras otra en las fiestas ordenadas por otros y que son, en sí mismas, su propio pretexto. Así, se generalizan  bochornosas celebraciones infantilizadas de adultos sin sentido del ridículo –despedidas, fiestas “tradicionales”,  competiciones, homenajes, marchas, bailes, días de cualquier cosa u ofrendas a cualquier otra, todas ellas colorín y falta de sentido-; se extiende un cierto holiganismo político de tan baja estofa como pueril sentido de la adecuación o se consagra el consumo de alcohol como culmen de la diversión.

Que el apocamiento y la pequeñez infantiloide de la sociedad afecta gravemente a todos los aspectos de la convivencia, incluso a las escasas mentalidades adultas, es algo fácilmente comprobable en, por ejemplo, la mera observación del nivel de competencia y madurez intelectual de nuestros políticos y gobernantes. Que la labor de zapa, lavado, centrifugado y secado de cerebros realizado por los mercaderes durante generaciones, ha cristalizado en la generalización actual de unos gustos y unas aficiones (también “culturales) del peor tipo infantil, simple, zafio a veces y vacío, a la medida de lo que esos mercaderes venden, es una realidad tan dolorosa como la constatación del goloso eructo mental que esa medianía conlleva. Que el disfrute de la auténtica cultura ha quedado de nuevo en manos de quienes utilizan la cabeza para algo más que peinarse o ponerse la gorra de colorines o la camiseta del evento, es una tragedia que en aras de la comodidad, el mínimo esfuerzo, la boca abierta y la niñería general, ha detenido gravemente el avance del pensamiento, el desarrollo de la cultura y la utilización de la inteligencia.