Miércoles, 26 de abril de 2017

De los orígenes

Los arqueólogos aseguran haber encontrado pruebas de presencia humana en las terrazas sedimentarias del río Tormes hace unos trescientos mil años, en yacimientos donde se han topado con bifaces, raederas y otros utensilios tallados a golpes. Esta ocupación del territorio se limitaría a una población nómada de escasa importancia que, seguramente, sobrevivía gracias a la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres. Tendremos que esperar hasta el final de la última glaciación (Würm) para que el clima comience a mejorar, y hacia el año 10.000 a.C. se cree que era similar al actual. El calentamiento propició el destierro de los hielos a las zonas polares, el aumento de la vegetación, la desaparición de algunos animales como los bisontes, y la multiplicación de otros como vacas, ciervos, ovejas o jabalíes. Unido esto al perfeccionamiento de las técnicas de caza y pesca y a la fabricación de pequeñas herramientas como buriles o raspadores, llamadas microlitos, se produjo un significativo aumento de la población que asentó sus sueños en esta zona, junto a la frescura del agua, aunque siguieron siendo nómadas y no pasarían de unos cientos de individuos.  

Se cree que las conquistas del Neolítico (agricultura, domesticación de animales, sedentarismo…), acercaron a las tierras donde hoy se eleva Salamanca a grupos oriundos de la costa atlántica portuguesa, que llegaron hasta el valle del Tormes hacia el siglo V a.C. en su deambular nómada estacional. Eran pueblos organizados que trajeron una agricultura cerealística rudimentaria itinerante y una ganadería de pastoreo de rebaños de ovejas y cabras y piaras de cerdos. De su presencia en estas tierras hablan grandes monumentos funerarios megalíticos, construidos para dar enterramiento colectivo a sus difuntos, sacralizar el lugar y controlar el territorio. Los más conocidos y abundantes fueron los dólmenes y los menhires. En la provincia se conservan abundantes ejemplos, si bien en la capital han desaparecido.