Domingo, 19 de noviembre de 2017

La rebelión del ciego de nacimiento

Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo A. Jn 9, 1-41. Comenté el domingo pasado el texto de la samaritana, el próximo comentaré la resurrección de Lázaro; hoy toca la historia del ciego de nacimiento.

Como dije en la postal de ayer, la liturgia de estos tres domingos de cuaresma (tercero, cuarto y quinto), ofrece una cuidadosa selección de tres pasajes del evangelio de Juan, que ofrecen una catequesis simbólica que culmina en el Bautismo, el día de Pascua.

El domingo pasado fue el agua de la vida en relación con los samaritanos. Hoy es la luz de la verdad, en relación con los maestros de Jerusalén. Luz, esto es Jesús: agua que cura, palabra que libera para vivir y confesar el amor más alto.

Éste es un evangelio (una catequesis) de iluminación, como lo ha puesto de relieve desde antiguo la liturgia cristiana, reflejada en el precioso icono de la imagen (con Jesús y el ciego, la fuente bautismal, los que critican...).

Pero éste es, al mismo tiempo, un texto de rebelión... Es el testimonio de Jesús que se rebela contra aquellos que quieren mantener a los hombres a ciegas, para dominarles por su tipo de ley, por su egoísmo... Pues bien, en contra de eso, Jesús dice a este ciego de Siloé que se rebele, que no siga estando ciego, al borde del camino... que vea por sí mismo, que decida, que confiese su nueva libertad, aunque eso le cueste el rechazo de la autoridades, incluso de sus mismos familiares.

Una maravilla de texto, que presentaré brevemente, con un poema final. Una maravilla de catequesis de cuaresma. Buen domingo a todos.

Texto. Juan 9,1-41

Es largo. A pesar de ello lo voy a reproducir entero. Es un prodigio, he dicho. Basta con leerlo y quedar. Si alguien quiere puede seguir después con mi comentario:

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. [Y sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quien pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?" Jesús contestó: "Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo."

Dicho esto,] escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado." Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: "¿No es ése el que se sentaba a pedir?" Unos decían: "El mismo." Otros decían: "No es él, pero se le parece." Él respondía: "Soy yo."
[Y le preguntaban: "¿Y cómo se te han abierto los ojos?" Él contestó: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver." Le preguntaron: "¿Dónde está él?" Contestó: "No sé."]

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: "Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo." Algunos de los fariseos comentaban: "Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado." Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?" Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?" Él contestó: "Que es un profeta."

[Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: "¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?" Sus padres contestaron: "Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse." Sus padres respondieron así porque tenían miedo los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: "Ya es mayor, preguntádselo a él."

Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador." Contestó él: "Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo." Le preguntan de nuevo: ¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?" Les contestó: "Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?" Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
"Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene." Replicó él: "Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder."]
Le replicaron: "Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?" Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?" Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que crea en él?" Jesús les dijo: "Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es." Él dijo: "Creo, señor." Y se postró ante él.

[Jesús añadió: "Para un juicio he venido ya a este mundo; para que los que no ve vean, y los que ven queden ciegos." Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: "¿También nosotros estamos ciegos?" Jesús les contestó: "Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste."]

Un texto encuadrado en la liturgia

Éste ha sido desde el principio un texto de “liturgia”, una catequesis que la Iglesia vuelve a presentar en el tiempo de cuaresma, encuadrada en otras dos catequesis de cuaresma: 3ª Semana.- AGUA (relato de la Samaritana- Jn 4, 5-42) y
5ª semana.- RESURRECCIÓN (relato de la "resurrección" de Lázaro- Jn11,1-45)

Una historia de fondo. Tres encuentros de Jesús

Este “milagro” no tiene equivalente en los sinópticos. Eso no quiere decir que el evangelista Juan lo haya inventada. Posiblemente ha tomado una historia que corría en la tradición, una historia parecida a otros milagros de ciegos (cf. Mc 8, 22-26 y 10, 46-52: ciego de Betsaida, ciego de Jericó), y la ha adaptado y recreado, en el escenario más solemne de Jerusalén, con la aguas de Siloé (bajo el templo), con Jesús como luz, en el contexto de las disputas de algunos cristianos con otros grupos de judíos sobre la luz verdadera (en el trasfondo del sábado judío y de la obra de Dios)

Quiero ofrecer un recuerdo. Hace cincuenta años, el curso 1967/1968, el prof. Ignace de la Potterie nos ofreció todo un semestre (cuatro lecciones por semana) sobre este pasaje, en el Bíblico de Roma.

No dijo todo lo que se puede decir; yo no recuerdo ahora todo lo que dijo, pero fue un tiempo de gracia, como descubrir la luz y la verdad y la libertad, en el mismo entorno de Jerusalén, en el camino que va de la ciudad alta y del templo a la baja, con el agua… en el camino que va de la ley a la libertad, en con contexto más solemne de la transformación mesiánica:


La Samaritana era el signo de la mujer/pueblo que busca la vida del agua, la vida en libertad, sin estar esclavizada por maridos y maridos que pasan sin quedar, junto al pozo de Jacob, sin Sicar/Samaría. Se supone que es “pecadora”, pero no ella como persona, sino por toda la historia que lleva detrás y que le arrastra.

Este ciego es el hombre que no logra ver “por nacimiento”, es decir, por condición humana. No, no se trata de pecado, sino de la misma situación vital, de la ceguera humana, que se expresa, de un modo claro, en este hombre. Hay muchos que le quieren enseñar a ver (los maestros del judaísmo de la ley), pero le dejan en la ceguera. Es una ceguera que empieza siendo externa (no ver las cosas, no comprender el sentido de la vida) y que termina siendo interior (no saber quién soy, en quien puedo confiar, vivir utilizado por otros)

Vendrá después el muerto, Lázaro en la tumba. Recordemos los encuentro de Buda (el enfermo, el anciano, el muerto…). Aquí tenemos tres encuentros de Jesús: la mujer esclavizada, el hombre ciego, el muerto… Sólo aquí, ante la tumba, se podrá proclamar la palabra de vida.

Pero vengamos al ciego: la rebelión de los ciegos

Jesús no explica (tampoco explica Buda). Jesús no hace una teoría sobre el origen de la ceguera (¿quién pecó?). Hace algo más grande. Dice que tenemos que ayudarle y le ayuda, llevándole de las leyes de la ciudad alta (dominada por sacerdotes y escribas) a la fuente de la vida, abajo, en el manantial de Siloé, que es signo profético de abundancia y claridad futura.

El “pecado” de este ciego de nacimiento es el pecado de todos los hombres que no le ayudan, que no quieren entenderle, que le someten a sus leyes y conveniencia… Pues bien, Jesús no tiene una “compasión” externa de este ciego, sino que le dice que sea él mismo, que asuma su propia tarea, que baje al agua, que se limpie… Él mismo le pone barro en sus ojos (barro de saliva, de aliento vital…) y le dice que vaya, que se limpie, que vea, que no tenga miedo.

Los maestros de la Ley escribas o doctores, querían dominar al ciego, dirigirle y tenerle bajo su “influjo”. Ellos aparecían como buenos videntes, como guías perfectos…, para consolar a los ciegos y dejarles en su ceguera. Jesús, en cambio, no consuela el ciego (en un sentido superficial), sino que le dice que vaya, que asuma su destino, que se limpie, que sea él mismo, que vea, aunque ello implique el riesgo de que le echen de los “sanedrines y sinagogas”.

En el fondo, Jesús pide al ciego que se rebele contra una ley de ceguera, que le obliga a mendigar, bajo la “caridad” de los maestros ciegos, que viven a costa de la ceguera de los demás. Le pide que se rebele, que deje su puesto de mendigo, que no tenga miedo al “qué dirán”, que sea él mismo, que vea.

Esta “rebelión del ciego” no es la rebelión del subsuelo que se venga de los de arriba, de los videntes (como en el Informe de Ciegos de E. Sábato). Es una Rebelión para la libertad y para la vida… Es una Rebelión que lleva al encuentro con Jesús que es simplemente “hijo de hombre”, el hombre en plenitud.

Algunos signos

Jesús cura con su propia vida. La escena de la saliva y del barro… está reproduciendo la escena del Génesis, cuando Dios creó al hombre del barro y sopló en él la vida… Pues bien, Jesús ofrece al ciego lo más hondo que tiene, su saliva (que es signo de vida) y le hace volver al barro de la creación y al agua de la esperanza…. Jesús recrea al ciego, pero diciéndole a él que asuma su responsabilidad, que se independice de los maestros que le están oprimiendo, que sea él mismo, en libertad.

La piscina de Siloé estaba situada fuera de las murallas, en la parte baja de la ciudad… Era una maravilla de ingeniería, al final de un túnel mandado construir por el rey Ezequías el año 700 a. C. , para hacer que el agua entrara en la ciudad… Al final de aquel túnel viene el ciego y se limpia… y asume su vida… y es capaz de empezar a creer, en el fuerte sentido de la palabra:

a. Cree en sí mismo… en su valor como ser humano, en su capacidad de ver. Asume su condición y deja de sentirse esclavo de otros, manejado por padres y maestros, como un puro mendigo inútil. No, él puede asumir su vida, ver, decir, afirmarse…

b. Cree en Jesús como hijo de hombre… es decir, como humanidad liberada y liberadora…

Una confesión.

He encontrado este poema-confesión sobre el ciego. No es el que yo haría, pero puede iluminar a algunos. Así lo adjunto, al final de mi reflexiòn

Este es mi testimonio. Yo nací ciego, pero ahora veo
Aunque yo no lo conocía, Jesús me abrió los ojos.
Era muy doloroso haber nacido ciego porque la gente decía
que yo estaba lleno de pecado por haber nacido sin ojos.

Gracias a Jesús, esto fue lo que paso:
Al pasar Jesús me vió. Escupió en tierra, hizo Un poco de barro con la saliva,
me lo untó en los ojos y me dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé, que significa
Enviado.
Fui a aquella piscina, me lavé y volví con vista. Yo que nunca habia visto, comencé a ver.

La gente estaba asombrada por el milagro.
Los vecinos y los que solían verme pedir limosna preguntaban:
¿No es este el que sentaba a pedir? . Unos decían: Es el mismo.
Pero otros decían: No es él, pero se le parece.
Yo le respondía: Soy yo.

Me llevaron ante los fariseos porque era sábado el día
en que Jesús hizo barro y me abrió los ojos.
Los fariseos querían saber como yo había adquirido la vista.
Yo les dije: Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.

Pero los fariseos no se ponían de acuerdo.
Algunos de los fariseos comentaban: Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
Otros contestaban diciendo: ¿Como puede un pecador hacer semejantes signos? Como estaban divididos, volvieron a preguntarme: Y tú que dice del que te ha abierto los ojos.

Yo di testimonio ante ellos y les dije que creía que Jesús era un profeta.
Ellos me dijeron: Naciste lleno de pecado de pies a cabeza y nos vas a enseñar?
Y me echaron de la sinagoga.

Yo todavía no sabía quién era Jesús.
Jesús se enteró de que me habían expulsado, me encontró y me dijo:
¿Crees tú en el Hijo del hombre?
Yo le dije. ¿Quién es para que crea en él?
Jesús me dijo: Lo estás viendo: el que está hablando contigo, ése es.
Yo le dije: Creo, Señor y me postré ante él.

Este es el testimonio del milagro que Jesús hizo en mí: me abrió los ojos.

Pero lo más importante viene ahora...
Te invito a reconocer el milagro que Jesús ha hecho en ti.
Si. Jesús ha hecho un milagro grande en ti, en cada uno de ustedes.
Es un milagro mucho más grande y portentoso.

Tú también naciste ciego, pero en tu bautismo Jesús te abrió los ojos.
No sólo te abrió los ojos, sino que te abrió los oídos para escuchar su Palabra
y te desató la lengua para orar, alabarlo y darle gracias.
Te dio un corazón nuevo para pudieras amar a Dios y al prójimo.
Naciste de paralítico y él te sanó para pudieras caminar hacia El.
El milagro tuyo es mucho más grande.