Lunes, 23 de octubre de 2017

Echo de menos

Echo de menos que se me acabe el mundo dos veces por semana, dormir de día y escribir de noche, fumar en tu ventana. Echo de menos que me nazcan los versos de tus labios, que me recites en la boca tus renglones sin final. Echo tanto de menos que me seques la espalda al salir de la ducha como escuchar tu voz de zumo de naranja antes de que se le vayan las vitaminas. Echo mucho de menos no tener que explicar. Ni planear. Vivir sin un banco que me escriba, sin un seguro que me cubra, sin una llamada para cambiar de teléfono. Y es que echo mucho de menos lo que pudo ser y no fue, lo que está siendo sin que pueda echarlo de menos. 

Me pían en la red que ando echando haikus sin querer. Echar de menos es de pobres y yo soy tu mendigo. Sí, pero se me atascan las palabras cuando echo tanto de menos querer estar contigo, tener hijos, cenar en la terraza, viajar sin maletas ni destino cierto. Sueño que te echo de menos despierto y me despierto echándote de menos.

Echo de menos enfadarme como nunca y reconciliarnos como siempre. Que se me desangre el aire que respiras y sentir el amargo sabor de la desconfianza que me pudre el alma. Echo de menos reírme como siempre y llorarnos como nunca. Que se me doble la vida que multiplicas sin querer, sólo riéndote, enfadándote, echando de menos la montaña rusa de un presente loco, intenso, al borde de la muerte que hace vivir más fuerte.

Echo de menos echarte de menos. Echo mucho de menos que me eches de menos. Echarnos de menos con ese dolor en el pecho que sólo el dulce bálsamo de la mutua presencia es capaz de calmar. 

Te echo tanto de menos que si llego a saberlo no te echo.