Miércoles, 24 de enero de 2018

A los padres y madres que conozco

Al padre (la madre) que asiste atónito a la pelea que el pasado domingo se desató en las gradas de un partido de fútbol en Mallorca. Al padre que contempla apenado los acontecimientos, cómo la violencia se integra en el mundo del juego, de la contienda reglamentada, de una lucha que debería venir determinada, ante todo, por la nobleza. Al padre que regresa exhausto del trabajo y aún lleva a su hijo al entrenamiento. Y lo recoge. Y le prepara la cena. O a aquel otro, que aguarda con el piloto de la reserva encendido para escuchar de su boca las últimas novedades, más silencios que otra cosa.

 

A la madre (el padre) que cuando apostó por que sus hijos practicaran deporte lo hizo, ante todo, pensando en los valores que lo trascienden, creyendo que aprendería a trabajar en equipo, a buscar sus límites, a aceptar normas, a comprender que en el camino de la mejora se cruzan también derrotas dolorosas, decisiones injustas –que no malintencionadas–. A la madre que organiza el calendario familiar en función de los partidos de sus hijos, que renuncia al fin de semana de senderismo o esquí, que sortea como puede las presiones familiares para acudir a alguna suerte de evento menos importante, por supuesto, que el encuentro del domingo, al menos para sus hijos.

 

Al padre (la madre) agradecido con todos los actores que posibilitan que los patios estén llenos, que, en los pabellones, sus hijos practiquen deporte con la honestidad propia de un caballero y una fiereza digna de un espartano. Al padre que, con gestos evidentes o disimulados, brinda su apoyo a los técnicos, cediéndoles, con su aquiescencia más o menos explícita, una parcela importante de su educación. Al padre que censura las pequeñas trampas de sus chicos, esas que si se consienten la primera vez pueden devenir en actos tan ruines como posibilidades existan a su alcance. Al padre que refuerza el discurso del entrenador, silenciando sus propias opiniones por saberlas extremadamente parciales, insuficientemente informadas.

 

A la madre (el padre) que valora la actuación de los hijos en virtud de indicadores que solo dependen de su voluntad y entrega, que sabe que los verdaderos triunfos pasan por actitudes como la escucha, la concentración, la honradez o la humildad. A la madre que le hace saber, antes y después de jugar, que su amor es incondicional y no depende de resultados, que habrá un plato caliente en la mesa gane o pierda.

 

A la inmensa mayoría de padres y madres con los que he tenido que convivir en los más de siete años que llevo entrenando. A todos ellos, ahora que los medios, escudados en un presunto papel de censores –olvidando, de repente, su parte de responsabilidad en todo este asunto–, se han acordado de ellos para ponerlos en la picota. A la inmensa mayoría de padres, esa que se sacrifica por sus hijos, esa con la que he tenido la suerte de encontrarme en este tiempo. A todos ellos, a los que me resulta imposible citar por ser tantos.