Lunes, 26 de junio de 2017

Dejadme disfrutar de la primavera...

Doy un paseo por el florido prado, por las orillas del río crecido por las lluvias de marzo, escucho el trino de los pardillos recién nacidos, veo sus frágiles nidos en algunas ramas de  álamos, me llega el olor del romero y de la hierba segada y la placidez del ligero viento me hace sentir otro ser vivo más, compartiendo la sinfonía de colores y sonidos puros, de esta naturaleza, a un kilómetro escaso de la ciudad.

Cuando vuelvo a casa enciendo el televisor con el gesto automático y fatídico de alguien que busca guerra. La encuentro. Las mismas noticias de meses, ya años, largos, de corrupciones, juicios, declaraciones mentirosas, de un país sin futuro que ha perdido el norte, a base de tanta falsedad. ¿Quién me ha enseñado a encender esa chillona, parlanchina, a veces obscena, mediocre pantalla, donde solo se proyecta una pequeña parte de todas las Españas posibles, una misma cara, la más esperpéntica, de mi querido país? ¿Quién me empuja a ese gesto inútil que me desconecta de la belleza gratuita que todavía siento en mí?

¿Qué busco cuando permito que las imágenes de cualquier canal invadan mi espacio íntimo, sabiendo que sus “noticias” una vez más me van a hacer sentir un exiliado en mi propia patria, un marginado del vacío de valores que ellos establecen? ¿Quiero seguir quejándome toda la vida, repitiendo como un loro que no podemos seguir así, que otros países están peor, que otras generaciones ( la generación de mis hijos) se enfrentan con un presente y un futuro más difícil que el que tuvo mi generación?

Siempre llego al mismo simple pensamiento: que lo único que deseo y a lo que tengo derecho, es el deseo de que aunque viva en un país abundante de sucias charcas, ¡sin ranas!, de desiertos y costas cubiertas de cemento, no pierda nunca de vista que hay otra España que apenas sale en ninguna pantalla, llena de inteligencia, heroicidad cotidiana, belleza gratuita, que está también al otro lado de la puerta. Con la que me cruzo cada mañana mientras atravieso las calles de esta ciudad.

¡Dejadme disfrutar la primavera! Quizás sea la última, o de las últimas de mi larga existencia. Y aunque no sea así, creo a los que saben, a los que afirman que hay que vivir como si el día que trascurre  fuera el último de nuestras vidas.

No permitiré que me impidáis disfrutar de la primavera; aunque me convierta en el hombre más desinformado: aunque no me entere de que ayer salió a la luz otra nueva trama de corrupción, de que las encuestas siguen dando un insoportable nivel de paro, aunque no sepa que pasado mañana hay que volver a sacar el abrigo, pues en la meseta castellana volveremos a tener noches de cero grados…seguiré disfrutando de la primavera.