Lunes, 27 de marzo de 2017

Aníbal Núñez (uno de los nuestros)

Salamanca, en no pocas ocasiones, casi como un modo de ser, se comporta como una verdadera madrastra. Niega a sus hijos lo que, generosamente, concede a los foráneos. De ello, podrían ponerse no pocos ejemplos.

            Decimos esto porque Salamanca tiene una deuda con dos extraordinarios poetas, de origen salmantino, de la generación y grupo de poetas de los setenta del siglo pasado, o del sesenta y ocho, conocidos como “novísimos”. Tales poetas son el riberano José-Miguel Ullán y el nacido en la propia ciudad Aníbal Núñez.

            El pasado 13 de marzo se cumplían treinta años del fallecimiento, en plena madurez, de Aníbal Núñez, que moriría en la ya lejana fecha indicada del año de 1987. Se fue a los cuarenta y tres años, puesto que había nacido en 1944.

Parece que fue ayer, pero la vida –“vida dañada”, la llamó Fernando R. de la Flor, en su ensayo sobre el poeta– de Aníbal Núñez se nos va situando, desde hace tiempo, en aquella lejanía de que hablara el filósofo judío-alemán Walter Benjamin, cuando nos regalara –al hablar sobre la reproducción de la obra de arte en la sociedad tecnológica– el hermoso concepto de “aura”.

            Tras la muerte de Aníbal Núñez, hubo dos realizaciones que quisieron subrayar la importancia de su obra: una exposición en el Museo de Salamanca de su obra pictórica, muy significativa y que está pidiendo a gritos un adecuado análisis; y la edición de su ‘Obra poética’, en dos tomos, editada en el sello madrileño de Hiperión, a cargo de Fernando R. de la Flor y de Esteban Pujals.

            La poesía de Aníbal Núñez se ha convertido, a partir de su muerte, en una obra de culto, divulgada y celebrada en minoritarios cenáculos por la indudable calidad que tiene. Y la vida de nuestro poeta salmantino –tanto en el ámbito de la ciudad, como fuera de ella– ha ido adquiriendo un indudable carácter de leyenda, ha terminado por convertirse en una vida legendaria, acaso precisamente por el daño que sufrió y que terminó con su existir.

            Estamos ante una poesía que, en lo formal, tiene un sesgo clasicista, por el uso de los ritmos imparisílabos y por esa musicalidad de sus poemas, obra de un salmantino con un extraordinario oído para la lengua. Pero hay no pocos rasgos de modernidad en ella, por los que participa de algunos de los parámetros de la estética “novísima”, sobre todo, en su caso, a través del registro paródico y burlón, marcado por una ironía impregnada de alguna desesperanza, utilizado para criticar los convencionalismos sociales, o, en el caso de la propia Salamanca, los de la cerrada sociedad provinciana (como hace en ‘Alzado de la ruina’, 1983).

            Pero, en la poesía de Aníbal Núñez, hay un sentimiento muy moderno de la naturaleza, con un adelantado sesgo ecológico; una mirada a la raíz ancestral de nuestro oeste (como ocurre en el bellísimo ‘Clave de los tres reinos’, 1986); hacia el mundo de la cultura y del arte, que le fascinaba. Y siempre con una muy peculiar dicción, marcada por la musicalidad, que fascina y hechiza al lector.

            Queremos recordar, así, invitando a todos a la lectura de su obra, a Aníbal Núñez, en el trigésimo aniversario de su fallecimiento.

            Salamanca está en deuda con uno de sus hijos más ilustres en el último medio siglo. ¿No se tendrá la atención siquiera de dedicarle una calle en la ciudad en que nació, vivió, sufrió y padeció… y a la que amó, sin duda, con demasiado amor, cantándola en magistrales versos? ¿No se hará lo mismo con José-Miguel Ullán, una vida paralela, en tantos sentidos, con la de Aníbal?