Domingo, 17 de diciembre de 2017

Hoy domingo

Hoy domingo es uno de esos días que no salen en las fotos de los pueblos con mar. Un día que despertó triste, sin apenas pájaros. Un día en que el color azul se destiñó y manchó las sábanas del cielo. Sábanas como de Holanda. Y edredones íntimos y confortables que anunciaban lluvia.

Y ayer el amor también se revolvió en el pecho, lleno de nostalgia. De una nostalgia indescifrable unida por suspiros y sueños con remite. Un amor que aguarda sin volar el artilugio de la lluvia y el sudor, también azul, donde resbala el tacto.

Hoy domingo es uno de esos días en que el corazón no deja de piar, ajeno al aire muerto, y las palabras elaboran la estrategia para escapar del tiempo y salpicar los ojos.

Hoy la mirada se entretiene, de nuevo, en la ventana. Y arde la soledad. Y se instala, cuando cae la tarde, en la postal del horizonte. Y las horas pasan como elefantes viejos. Y el tiempo se detiene únicamente en las canciones de los niños que no saben contar y juegan con la risa que les queda viva.

Hoy no sueña el teléfono. Hoy entierro mis labios y los busco en los mapas. Hoy echo  de menos el perfume de su piel, desnuda entre los girasoles. Me atrinchero en sus fotos para siempre. Le regalo una lágrima, un verso de Joan Brossa, una canción de Aute.

Hoy no habrá paseo por la Plaza, ni café en “El Corrillo”, ni carrusel de goles, ni pleno al quince. Todo permanece bajo el paraguas del silencio. Y el olor a cerveza de una noche muy larga. Y la puta resaca de tanto garrafón. Y el atracón de chocolate.

Y fue entonces cuando las nubes se apretaron. Y la tristeza muda, gris, definitiva, de la lluvia, siembra su plaga transparente en los cristales. Y adentro de la casa un corazón trata de abandonar su jaula, disuelto en el aroma del café. Y la lluvia, en la calle, aplaude con fuerza.

¡Ay el amor que duele –a cada instante– en la ruleta rusa de las dudas! El entrañable corazón que muele la distancia con su pesado ruido. El fósil del amor. El indeciso amor que se hace grito en el silencio. El fugitivo amor que borra las caricias anteriores y nos devuelve al mundo de los vivos o al ataúd del sueño.

Y uno quisiera entonces sacudirse la tristeza como si fuera caspa. Y pensar que el olvido es un esponja azul y que no siempre flota. Y que tal vez el corazón se hinchara –como un globo– con algún beso cinco estrellas. O el maullido del móvil.

Hoy es un día de esos en que todo da lo mismo. En que te inventas mil disculpas para permanecer en casa, anónimo, aunque la lluvia muera de repente. Un día adulto al que por fin se lo tragó la noche.

Y solo, entre las sábanas heladas, aguardas que desfilen las ovejas. Y tratas de sintonizar la frecuencia de los sueños. Y oyes toser a un niño. Y el insomnio se enciende con la luz de un relámpago. Y te olvidas de todo. Y lees en voz baja a Benedetti: “Porque te tengo y no / porque te pienso / porque la noche está de ojos abiertos / porque la noche pasa y digo amor...”