Jueves, 17 de agosto de 2017

Reflexiones a bote pronto

16/marzo/jueves

        Llevo unos días en los que miro la vida con la lejanía que da la inconsciencia. No estoy por la labor de pensar, estoy vago para leer, y sólo la conversación con la familia y algunos amigos me llenan las horas. Afortunadamente no me duele nada, que no es poco. Paseo todos los días con Rumbo y me impresiona la rapidez con que se ha presentado la primavera. Los almendros han florecido de forma voluptuosa. El blanco de sus flores parece querer sacarnos del invierno a marchas forzadas. Muchas calles de la ciudad tienen ciruelos silvestres y sus flores violetas, amorosas y dulces, rompen la monotonía del asfalto. Los demás árboles presentan ya brotes con energías suficientes para convertirse en hojas verdes y robustas en pocos días.

    Hace viento, hace sol, es el típico marzo voluble que “mayea” más de la cuenta. ¿Es el cambio climático? Las noticias de televisión muestran imágenes de una tremenda gota fría en Alicante, donde en pocas horas han caído 140 litros por metro cuadrado, tanto como lo habitual durante medio año. ¿El tiempo se ha vuelto loco? ¿ O es que no hace más que recordar que sus caprichos son de ida y vuelta?

    En medio del tedio voy a Cañizo a comer una olla podrida con Tarito, Miguel, Manolín y Blasito. Cañizo siempre guarda un momento de intensidad para el calor y la amistad al amparo de recuerdos del ayer y el presente al que nos agarramos como clavo ardiendo. Hablamos también del futuro, sobre todo de cómo la España vacía se ha convertido en un tema de comentario nacional. De pronto todo el mundo se ha dado cuenta que media España, la rural, vive en la soledad y abocada a la muerte. Las noticias son como un tobogán, que sube y baja, que viene y se va; sólo los viven en los pueblos, o los que los pisamos con frecuencia, sabemos que esta cruda realidad ya no tiene remedio. Los políticos han despreciado muchos trenes porque sólo les preocupa aquellos núcleos donde hay muchos votos, y en los pueblos no votan los gorriones ni las perdices. Por eso ya no hace ni mella la historia de “El disputado voto del Señor Cayo”, obra mítica de Miguel Delibes que hace casi cuarenta años denunció la que se avecinaba.

    Les digo a mis amigos que no debemos renunciar a la suerte de vivir momentos de hermandad y alegría común, y que no se confundan: que la soledad de las personas también se produce en las ciudades. En las ciudades nunca ataron los perros con longaniza y ahí hay mucha gente que camina sin destino, como almas al que no esperara nadie; personas que se limitan, como mucho, a un saludo, a un adiós, para terminar sentándose en algún banco a ver pasar al gentío que anda a sus cuitas.

    La vida en los pueblos es cada día más entrecortada porque los que mueren no tienen el relevo de los que nacen. En los pueblos ya no hay niños porque ya no nacen niños, aunque haya parques, con columpios y toboganes, como espectros ante la indiferencia de un coche que pasa o un paisano que mira sin ver. Los pocos ojos que van quedando en los pueblos están cansados, y los emplean en ver la televisión, esa ventana al mundo que ha suplido las conversaciones en el cumbre, ese lugar de reunión que antes en mi pueblo concentraba a los mayores y donde se intercambiaban las noticias y opiniones de lo que pasaba alrededor. Ya no; ahora ni viejos quedan para hablar del tiempo, o jugar a la brisca, o al dominó, en el bar. Todo se lo va comiendo la soledad y la muerte, fantasmas reales que todo lo consumen, lentamente, pero sin pausa.

   Cañizo, como tantos pueblos de la España vacía, no es otra cosa que pasado. Un documento de 1934 que tengo colgado en una pared de la bodeguilla de mi casa dice que entonces en mi pueblo había 1037 habitantes de hecho y 1111 de derecho; ahora quedan 250. Primero fue el tractor, y después otros inventos de la modernidad los que obligaron a las personas a buscarse el pan en otras tierras. Aún no ha acabado el proceso; ahora ya se anuncia como una espada de Damocles el futuro acaparador de los robots. El trabajo lo harán esos bichos de hierro y aluminio que se mueven como humanos y que acabarán con la civilización que conocemos.

     Mientras tanto, los políticos, los que deciden nuestro presente y futuro, se dedican a buscar estrategias para sobrevivir a las elecciones, siempre cercanas, siempre tan próximas, que no les dejan planificar a medio y largo plazo nuestra vida, la de todos. Eso sí: como los robots nos quitarán el trabajo a todos, ellos serán los que generen plusvalías para que se nos pague a todos un sueldo mensual; nos dedicaremos sólo a gastar. ¿ Eso eso el final de la maldición del trabajo, aquella frase bíblica de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”? ¡ Cuántas incógnitas tenemos por delante! Y me pregunto: ¿no fue siempre así?, ¿ acaso la incertidumbre ante el mañana no pasó por procesos semejantes? Toda la filosofía hablada y escrita, desde Sócrates, desde antes, hasta nuestros días; toda la teología, desde San Pablo, desde antes, desde los primeros cristianos; todos los pensadores, desde Confucio, por ejemplo, vamos, desde siempre, se ha movido con preguntas sin respuestas definitivas, tal vez porque no las hay. O sea, que a seguir, que esto no parará mientras la Tierra siga dando vueltas y el sol nos alumbre.

     De vuelta a casa miro al cielo ya ensombrecido, y no encuentro respuestas a nada, tal vez porque no las hay. Sólo las emociones funcionan. La razón sólo sirve para destrozarnos el cerebro a cambio de ninguna solución que llevarnos a la boca. Tal vez tiene razón Witold Gombrowicz en su libro “Curso de filosofía en seis horas y cuarto” cuando dice que “la ciencia no puede explicarnos la conciencia…la conciencia no es el cerebro, ni el cuerpo, pues yo soy consciente del cerebro, pero el cerebro no puede ser consciente”, en realidad extraída del pensamiento de Kant. Esta obra me la regaló hace unos días Isidro Navas y la he leído con el ansia del que espera encontrar la luz definitiva. Pero eso es como meter el agua del mar en un agujero.

    Los filósofos como Kant, como Schopenhauer, como Sartre, como Hegel, Heildegger, Marx o Nietzsche no son más que inteligencias que plantean más preguntas que respuestas. Tal vez porque no las hay. O sea, lo de Descartes: la duda absoluta. Sí me reconforta, y comprendo, la filosofía del “Abuelo dixit”, la obra de Antonio Fernández, un compendio de enseñanzas que le enseñó su abuelo y que ahora él saca en un libro de edición extraordinaria que ya he podido leer y que pronto estará en la calle.

     En medio de estas reflexiones, tal vez estúpidas, la vida en Valladolid se centra en un asunto político de andar por casa: las elecciones primarias a la presidencia del Partido Popular en Castilla y León. Que si ganará el alcalde de Salamanca, Alfonso Fernández Mañueco, o el de León, Antonio Silván. En las manos de una de estas dos personas tendremos encomendado el futuro de esta tierra de gran pasado, crudo presente y dudoso futuro. Las leyes prosaicas de la política siempre nos sitúan en la realidad. Y la realidad no le he inventado yo.