Domingo, 20 de agosto de 2017

El amor con muñecas de silicona

Otra nueva noticia no deja de merecer nuestra reflexión, antes de volver a nuestros textos sobre la felicidad.Ya sabe el lector que en España no hay prostitución.  El gobierno crea una comisión cada año en el Senado (nuestro senado es la Cámara más útil del mundo, el Paraíso de políticos en paro), que cierran cuando viene el verano, sin proponer ninguna alternativa. ¡Estos sí que es ganarse el pan!

Los mercaderes que son más listos que los senadores, también dicen que ya no existe la prostitución, sino lugares placenteros donde se dan masajes y se ofrecen “contactos amorosos”. Ellos saben que cambiar el lenguaje es muy importante, en una sociedad en donde se sufre tanto de soledad y la palabra prostitución es comercialmente poco aceptable. Mejor decir que se ofrecen “contactos” en un club. Piensan, seguramente con razón, que frecer algún producto contra la soledad, como  las caricias y el contacto amoroso, es seguro que tiene buena venta.

Los juguetes sexuales, hoy son cientos. En una sociedad con trabajos tan abundantes, conozco  varias alumnas nuestras, ya licenciadas en psicología –ellas venden mejor- que trabajan en esto, viajando con una maleta de casa e casa, visitando a  la mujer, cuando está sola,  o reuniendo a grupos de mujeres, porque son las que más compran.  También sabemos que las muñecas hinchables son una realidad desde hace años.

La novedad es que los japoneses que, como sabemos, son muy listos (aunque cuentan que, con frecuencia, no saben resolver su soledad) han inventado unas mujeres-muñecas  (Sex Doll), maniquíes tan realistas, de polímeros y cauchos, con curvas, color de piel y razas a gusto del consumidor, y tres orificios (que usted puede imaginar, si lo desea y su pudor se lo permite). Dice la propaganda, que funcionan de maravilla y que las posturas y movimientos de esa increíble creación son tan logrados que resultan muy excitantes y amorosas. Aseguran que  pueden ser tan cariñosas que se atreven a hablar de una  posible relación de “intimidad”.  Con la indudable ventaja de que, una vez comprado el servicio, estas dulces mujeres consienten todo lo que se les pide y te besan y abrazan como nunca hubieras soñado.

Parece ser que incluso usted puede elegir como quiere que la dulce y amorosa muñeca le espere en la habitación. Imagine lo que quiera y el mercado  lo hará realidad. Por una vez, usted será dueño y señor de una mujer, como marca la mejor tradición masculina.

 Los vendedores, ofrecen también en la publicidad el precio,  el teléfono y la ciudad, pero me van a perdonar que  de estos datos no quiera acordarme. Por cierto, como el negocio lo abren estos días, ofrecen la intimidad a precios especiales, por si usted tuviera dudas de lo que realmente pretenden: ya sabe, ser solidarios y dar consuelo a corazones solitarios. Y otra oferta, por un precio al alcance de no pocos, usted se puede  comprar una de estas  muñecas y llevársela a casa, aunque no aseguran, estimado compañero varón, que cocine, friegue, planche y tantas cosas más; eso sí, al anochecer le recibirá como usted quiera.

Por mi parte, me  atrevo a profetizar que muy pronto nos darán otra sorpresa con un producto nuevo, a favor de nuevos clientes: posibles  mujeres heterosexuales y hombres homosexuales y bisexuales. Para ellas y ellos habrá una oferta muy especial:   señores eróticos sin barriguita, tiernos y amorosos o musculosos y deportivos, porque el mercado no es sexista, ni persigue a las minorías (ya sabes que sus mandamientos se encierran en uno,   no en dos, como resumía el catecismo los Diez Mandamientos de  la Ley de Dios: “el comprador o compradora siempre tiene razón”). No se lo pierdan, los japoneses supongo que están   a punto de construir   hombres  a su gusto: sueñe y elija, su hombre ideal está a su alcance, con su color, olor y sabor preferido.

Yo no tengo nada contra los japoneses, tan trabajadores y listos, ni contra las personas que necesitan experimentar todo, comprar todo lo que se vende y poner su felicidad en manos del consumo, en este caso, nada menos que poder cxomprar la intimidad con una Sex Doll.  Mucho menos contra mis alumnas sin trabajo, aunque prefería ver a nuestros senadores  y senadoras vendiendo juguetes sexuales, en lugar de jóvenes psicólogas llenas de ilusiones. Después del sueño del 15 M., me pregunto: ¿por qué alguno de los nuevos partidos, ya sé que no lo puedo esperar de los viejos, no toma como suya esta propuesta de poner los senadores a vender juguetes sexuales? , ¿por qué hasta estos jóvenes de los nuevos partidos aceptan ser senadores,  como quien cumple una obligación patriótica? ¡Vivir para ver!

Desde el punto de vista ético,  no tengo nada en contra de estos productos porque, en este caso,  los vendedores y consumidores de juguetes y muñecas  venden o compran un objeto, no una persona. Pero sí contra la natural deshonestidad de esta sociedad de mercado y  la propaganda  que hacen, porque en ella  se dice todo lo que pueda seducir o engañar a los consumidores. Ya sabe usted que los mercadores y la ética no suelen llevarse muy bien

En fin, si usted quiere, comparta conmigo esta pregunta: ¿de qué se puede hablar, qué emociones se pueden compartir y que silencios y soledades se pueden romper con una de estas muñecas entre los brazos?