Sábado, 19 de agosto de 2017

Parece que está todo dicho, pero no lo está...

La filosofía es insolencia, desobediencia, desacato a la autoridad. Toda filosofía verdadera lo es, también la platónica, la aristotélica, la kantiana o la hegeliana.

Porque aunque no sean filósofos que llaman a la insurrección, sus filosofías son radicales porque no aceptan premisas establecidas. Incluso el orden necesita fundarse siempre de nuevo. Y eso implica que pueda ser debatido. Quién expone sus premisas se expone a ser contestado con nuevos argumentos. Quién comparte sus ideas da pie a ser repensado, retomado o incluso atacado. Quién mira a la cara de quién le escucha o le lee, aunque sea siglos después, está dejando algo para volver a ser pensado por quién sólo podrá recibirle mirándole a los ojos también, sosteniendo el reto de tener que volver a pensarlo todo, de nuevo otra vez.

Séneca afirmaba que el primer indicio de un espíritu bien ordenado es poder detenerse y permanecer consigo mismo. Más tarde Pascal por otro lado descubrió que toda la infelicidad de los hombres viene de una sola cosa, que es no saber permanecer quietos en una habitación. El espíritu clásico gustaba de la estabilidad tanto que quería ser la estabilidad misma. Después vendrá otro periodo de la historia más movido.

Parece que siempre estamos contra el hastío del saber, parece que siempre está todo dicho porqué no lo está. Las palabras se gastan pero tenemos el poder, de volverlas a llenar de contenido. De volverlas a plantar en nuestros cerebros, en nuestras lenguas y miradas, en nuestras manos y nuestra piel.

En la segunda parte del Quijote, en el capítulo XVI, Cervantes pone en escena un caballero del Verde Gabán, que el caballero de la Triste Figura encuentra en su camino. Ese caballero se apresura hacia su morada, donde debe encontrar la felicidad con la cordura. Tiene hacienda, sin exceso; pasa la vida con su mujer, sus hijos, sus amigos; sus diversiones favoritas son la caza y la pesca, pero a los trenes, a los halcones, a los galgos, prefiere un hurón domesticado, una perdiz mansa; posee seis docenas de volúmenes, que le bastan; come algunas veces con sus vecinos, y algunas veces los invita a su casa; sus comidas son sin lujo y sin escasez. Le gusta una libertad razonable, la justicia, la concordia; da a los pobres, teniendo cuidado de no ceder a la vanidad; procura poner en paz a los que están desavenidos; es devoto de la Virgen, y lleno de confianza en la misericordia infinita de Dios. Así se describe a sí mismo; y Sancho, todo conmovido, arrojándose del asno, coge el pie del hidalgo y se pone a besarlo. “¿Qué hacéis, hermano?” “Dejadme besar, le dice Sancho, porque me parece vuesa merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida”.

Don Diego de Miranda, el hombre del Verde Gabán, no es un santo; está destinado sólo a prefigurar, en 1615, el ideal de sabiduría clásica. No desprecia al caballero andante, e incluso conserva su alma un cierto gusto por lo heroico; pero se guarda bien de seguirlo por los caminos. Sabe que la existencia no puede dar nada más dichoso que una armonía del espíritu, de los sentidos y del corazón; y puesto que ha encontrado el secreto del bien vivir, lo guarda, y lo aplicará hasta el último día.

Pero como podemos ver todo pasa, su secreto no valdrá para todos, ni entonces ni para hoy. La humanidad está y ha estado llena de idiotas, seres inteligentes, que con frecuencia mandan a su inteligencia de vacaciones, y cuyo propio yo debe de haber hablado con él durante las fiestas.

Generación tras generación la humanidad cae en los mismos errores que le complican la vida. Si evitáramos un peldaño a la vulgaridad nos ahorraríamos el resbalar por toda la escalera, mientras que el otorgarnos a nosotros mismos una sólida distracción, como el estudio y la reflexión, nos abriría los ojos a muchos abusos o estercoleros irrevocables. Lo cierto es que nunca se ha visto a un tonto volverse inteligente.