Lunes, 23 de octubre de 2017

Una de espías

El mundo del espionaje se encuentra un tanto revuelto por la constante aparición en los medios de comunicación de acusaciones mutuas de “hackeos” o de propagación de noticias falsas. El “no va más” de lo insólito fue que la mismísima CIA acusara a Rusia de haber colaborado al triunfo de Donald Trump.

Hoy, el poder y el triunfo tienen mucho que ver con la información. Sin un completo conocimiento del medio en que debamos desenvolvernos nunca obtendremos los resultados deseados. Por supuesto que para obtener esa información, se ha evolucionado en grado tal que disponemos de medios y métodos hasta ahora desconocidos. Los avances tecnológicos en el campo de las telecomunicaciones y la informática permiten el acceso instantáneo a cualquier dato de interés. Los medios de comunicación se esfuerzan cada día por pisar la primicia a la competencia, las empresas por idear el mecanismo o la feliz idea que incline al mercado a favor de su marca, los ejércitos por conseguir el arma eficaz que contrarreste la del adversario y todas las naciones por elevar su influencia sobre las demás. En esta carrera desenfrenada, a pesar de las deseables normas de buena convivencia, las zancadillas y las malas artes están a la orden del día.

Estamos asistiendo a un enfrentamiento entre bloques que recuerda mucho a los rifirrafes de nuestros políticos cuando esgrimen el tan cacareado “y tú, más”. Volviendo al fondo de nuestro tema de hoy, todo el mundo quiere alcanzar la seguridad que proporciona una buena información. Pero esto, por desgracia, casi siempre se consigue a base de perder libertad. Si mis medios no me permiten alcanzar los resultados que consiguen otros, tengo dos caminos: perseverar en el esfuerzo, o tomar el atajo y, de forma clandestina, enterarme de esa información que a mí me ha faltado para logar el éxito. Así, más o menos, entramos de lleno en el mundo del espionaje.

En el siglo pasado, con una tecnología en pañales, hablar de espionaje suponía entrar directamente en el mundo de las “Mata Hari” o de los “Orson Welles”. Hoy, sin poder dejar de lado el mundo de las armas, el espionaje que triunfa es el industrial,  el del acceso a la información ajena. Dentro de sus posibilidades, todo el mundo dispone de su servicio secreto –lo más “in” es llamarlo Inteligencia-   Ahí tenemos CIA, KGB, MI-6, DGSE, MOSSAD, CNI, etc. cuya principal misión es –o debería ser- el terrorismo, los movimientos migratorios clandestinos, la proliferación de armamentos, el crimen organizado, etc. Queramos o no, la palanca que mueve hoy a los pueblos es la economía, y el que tiene menos medios debe asociarse con quien esté dispuesto a ayudarle; ayuda que, por supuesto, nunca será gratis.

Desde que apareció en escena Donald Trump, las noticias que llegan de EE.UU. más parecen una novela de John le Carré. Lo último son los miles de documentos hechos públicos por Wikileaks, sustraídos de los archivos de la CIA, y que ésta había pirateado previamente a ordenadores, televisores y hasta teléfonos móviles. Antes fueron los famosos correos de Hilary Clinton. Para enredar más la madeja de la verdad, FBI y CIA acusan al espionaje ruso de haber facilitado la información a Wikileaks. En esta película de espías hay dos protagonistas: Julián Assange y Edward Snowden. El primero ha sido responsable de la organización Wikileaks, una especie de gran almacén que recopila informaciones obtenidas por procedimientos harto dudosos, que saltan a la luz en el momento oportuno. Como responsable de haber publicado información reservada facilitada por un soldado estadounidense y, además, acusado de violación por las autoridades suecas, para evitar su detención se encuentra asilado en la embajada de Ecuador en Londres desde 2012. Edward Snowden trabajó como informático en la CIA y en la NSA –una agencia que, más que al espionaje, se dedica al “barrido” de las comunicaciones ajenas-. En 2013 los periódicos The Guardian y The Washington Post publican documentos secretos relacionados con programas de defensa USA y facilitados por Snowden. Ante su más que segura captura comienza una carrera contra reloj para encontrar un país que le conceda asilo político –hasta nuestro exjuez Garzón interviene en la operación-. En la actualidad ya se lo ha concedido Putin.

A juzgar por el auge de las empresas de ciberespionaje, donde abiertamente se solicitan expertos en el “hackeo”, nos estamos dando cuenta de que se acabaron los espías de sombrero y gabardina para dar paso a los “pasotas” de piercing y tatuaje, capaces de hacer saltar por los aires los mayores sistemas de seguridad informática, y nada remisos a la hora de traicionar a quien pretenda controlarles. Ahí tenemos una profesión con futuro. Se impone, pues, la conveniencia de que los dossiers considerados transcendentales deban almacenarse con la completa seguridad de que nunca puedan facilitar la totalidad de datos que los conviertan en útiles para el adversario. Cuando está en juego la seguridad del mundo, el tema nos afecta a todos, aunque lo cierto es que a nosotros sólo nos llegan las verdades y mentiras de cada día.