Jueves, 29 de junio de 2017

El peligro de los extremos

Ante los muchos y sangrantes casos de acoso en las aulas, el Gobierno, en parte por la presión social, en parte por otros intereses que sobra comentar, puso en marcha, hace tan solo unos meses, un teléfono de los que no dejan huella en la factura para atender a las víctimas, pero nada dijo de poner otro con las mismas funciones para los profesores que sufren el acoso de los alumnos. Existe, desde hace años, otro para las mujeres maltratadas por sus parejas, pero no funciona ninguno para los hombres maltratados por las suyas. También disponen de este servicio los hijos que sufran la violencia de sus padres, pero los padres que  sufren la violencia de sus hijos no tienen donde recurrir.

     No parece que estas medidas contribuyan a paliar el problema, pero es evidente que no acabarán con la lacra de los malos tratos, a lo sumo conseguirán, si es que no lo han conseguido ya, convertir a las personas que antes eran maltratadas  en maltratadoras y a las maltratadoras en maltratadas, como si estos delitos de naturaleza tan grave, fueran, simplemente, cuestión de moda.

     Hasta no hace tantas décadas, los hombres que maltrataban a sus mujeres, estaban muy bien vistos por la sociedad,    y las mujeres que se rebelaban tenían que sufrir el desprecio de su familia incluso. Bastante hacían los (angelitos) con librarlas de la soltería, que ese era otro maltrato, y de los que más maltratadores a la vez tenía. Hoy, sin embargo, cualquier mujer que se lo proponga, hasta sin demasiadas razones puede complicarle seriamente la vida a un hombre, y Dios le libre de intentar defenderse. Lo mismo sucedía con los maestros. Los buenos eran los que enseñaban a los alumnos con el garrote en la mano, y hoy son los profesores los que tienen que salir de las aulas a garrotazos de los alumnos. Y tres cuartas de lo mismo sucedía con los padres. Nadie se rasgaba las vestiduras porque los padres enderezaran -era frecuente cambiar el verbo educar por el verbo enderezar- a los hijos a palos. Al contrario. “Quien bien te quiere, te hará llorar”, se decía, y hasta los que tenían que llorar, se lo creían. Ahora, y la cifra va en aumento, son muchos los hijos que hacen llorar a sus padres con malos tratos, pero la sociedad no parece enterarse.

     Si lo de antes no tiene justificación, lo de ahora tampoco la tiene. Los maltratadores son los que causan malos tratos, y los maltratados, los que sufren sus efectos, independientemente de su clase social, género y parentesco. Pero esto los gobernantes y la sociedad no parecen entenderlo. Nos hemos olvidado de que por encima de todo todas somos personas, y estas medidas que parecen milagrosas, lejos de restar casos de malos tratos, contribuyen, las cifras hablan por sí solas, a fomentar las injusticias.