Jueves, 25 de mayo de 2017

Pasé la tarde con la alondra

Hacía tiempo: muchos años, que yo no pasaba una tarde, pateando los campos de Macotera. Hacía tiempo que no escuchaba el canto alegre de la alondra ni el canto corto y ronco de la codorniz ni el grillar de los grillos. Hacía tiempo que no atrochaba el sembrado, ni teñía de verde las zapatillas. Hacía tiempo que no ladeaba la mies para descubrir el nido. Hacía tiempo que no respiraba el olor húmedo y penetrante de la alfombra verde, que se prolonga indefinida en el horizonte. Ya no se ven escardadores en la besana ni burros acariciando ballicos; ni yuntas abriendo surcos en el barbecho... Remiro y ya no encuentro collarbos tiernos para aderezar la ensalada; ni acederas para merendar con un rescaño de pan; ni espinosos cardillos, que la señora Rosa la Alfilerinas vendía por las casas, a plato el real, para acompañar los garbanzos. Dicen que se ven algunos en las laderas del abuelo Pilili, pero pocos se arriesgan a arrancarlos de raíz y a degustarlos por miedo a los herbicidas y venenos.  Sólo queda en el campo: verde y cielo; paz y silencio; aire limpio y transparente. Sigue ahí aún la amapola con sus flores rojas, típica habitante de baldíos, cunetas, terrenos incultos y, como mala hierba, salpicando de gotas de sangre los cultivos de cereal. Dicen que los griegos la consideraron la flor de Afrodita, y los romanos la asociaron con Ceres y, en otras culturas, se distinguió como símbolo de la gloria y de la muerte por el color y la fragilidad de sus pétalos. Precisamente, de éstos se extraía un pigmento rojo para dar color al vino, así como para teñir lanas, que se lavaban en el Margañán a banasta y a golpe de hachuelo; y, también, algunos alcaloides con efectos alucinógenos; por esto último, los antiguos relacionaban la amapola con el dios del Sueño, hijo de la noche y hermano gemelo de la muerte. Su morada estaba en una oscura cueva en el lejano oeste, donde nunca brillaba el sol y todas las cosas estaban sumidas en el silencio. Lete, el río del olvido, corría cerca de la cueva, y junto a él crecían amapolas y otras plantas de cualidades narcóticas. El dios Sueño tenía poder sobre dioses y sobre mortales, y es representado, a menudo, como un joven durmiente que sostiene un tallo de amapola.

Y todas estas cosas iba yo recordando, hasta llegar a la ladera del río, en lo alto de la Barranca, donde levanté un altar con piedras y ofrecí un sacrificio a la diosa Ceres: una mata de trigo, una planta de patata, que arranqué de una huerta, y una rama de manzano... Es honrado ser agradecido en aquella tarde de ensueño.

Y os preguntaréis, ¿quién es Ceres?

- La causante de tanta belleza, diosa romana, protectora de la agricultura, que, cuando se reunía con su hija Proserpina en cada primavera, sentía tal júbilo, que hacía que la tierra produjera frutos y granos en abundancia. Y esta diosa generosa era tan querida y respetada por los antiguos labradores, que le ofrecían culto y fiestas, (las Cerealia), los días del 12 al 19 de abril. Precisamente, de Ceres procede el vocablo cereal.

Seguramente, te ha llegado conocimiento de la hija de Ceres: Proserpina, y viene al caso que te cuente algo de ella, como ejemplo de cosas, que tienen que ver con temas de actualidad y de siempre: “con el amor y el cobijo de madre y con la resistencia del hombre a perder la mujer de sus amores”.

Proserpina era hija de Zeus, padre de los dioses, y de Ceres, diosa de la tierra y de la agricultura. Hades, dios del mundo inferior, se enamoró de Proserpina y quiso casarse con ella. Aunque Zeus dio su consentimiento, Ceres era contraria a la boda. Entonces, Hades raptó a la muchacha, mientras estaba recogiendo flores y la llevó a su reino. Cuando salió en busca de su hija perdida, Ceres quedó desolada: murieron todas las plantas y el hambre devastó la tierra. Ante tamaña desgracia, Zeus envió a Hermes, mensajero de los dioses, para que recuperara a Proserpina y la devolviera a su madre. Antes de dejarla ir, Hades le pidió que comiera un grano de granada, el alimento de los muertos. De esta manera, se vio obligada a volver al submundo y permanecer allí durante la tercera parte de cada año, como diosa de los muertos; las dos terceras partes restantes, volvía con la madre y ejercía como diosa de la fertilidad de la tierra. Proserpina era la personificación de la renovación de la tierra en primavera.

Y con estas cosas, mitad realidad y mitad fantasía, me vertí en el sendero de las Cañás; me encontré con mi amigo José el sastre, que iba contento porque el Barça había marcado el primer gol de la tarde. Y llegó el ruido desde la carretera y el vaivén de los coches y el temblor de los tractores; y los gritos de cinco niños jugando al fútbol en el medio derruido campo de la Juara; y el saludo de Jerónimo y de la Antonia, al tiempo que la campana de la Virgen tocaba a oración, Juanín acostaba la furgoneta en la cochera y aullaban sus perros; y, en el campo, seguía el silencio y los grillos iniciaban su concierto. Todo esto me llenó de humanidad y me sentí feliz, porque saboreé, como otras tardes, la grandeza y la realidad de un pueblo, que es mi pueblo.

Se apagaron las luces y la amapola me hundió en un profudo y sonoro sueño.