Viernes, 28 de abril de 2017

Mujeres

A mis compañeras del grupo «Leed malditos»

Mirar desde arriba es casi siempre lo mismo, como viajar con piloto automático. Pero mirar desde abajo cambia las cosas.

Remedios Zafra

 

Vuelvo a oír en la radio, después de haberlo visto en algún periódico, que 16 mujeres han sido asesinadas desde que comenzó el año, y que en Argentina una mujer es asesinada cada 30 horas. Me pregunto si la conversión en guarismos que, sin pretenderlo, convertimos a esta personas, seguirá moviendo algo dentro de nosotros que nos conduzca a alguna salida.

En 1975 la realizadora francesa Agnès Varda dibujaba, en respuesta a una serie de preguntas que le formula una cadena de TV de aquel país, un corto titulado Respuestas de mujeres. Nuestro cuerpo. Nuestro sexo,  que nos revelaba el estado de la cuestión en aquel tiempo.

Hoy, el perfil igualitario de las mujeres en las sociedades europeas, lejos de cambiar parece haber retrocedido en su reconocimiento e integración como iguales en estos países (los nuestros) que se dicen democráticos.

Sigue siendo necesario que reivindiquemos (y exigamos) la igualdad la salarial en el trabajo, hacer añicos ese grueso techo de cristal, el reparto de tareas. Pero no será sino una educación integral, convencida de terminar con esta lacra, con esta violencia machista que acaba impunemente con la vida del otro, la mujer, a la que no se reconoce como persona humana, se la cosifica para, convertida en objeto, se nos permita hacer con ella lo que nos venga en gana.

Pero además de reprobar todas esas muertes, es necesario volver nuestra mirada hacia esos conocidos como micromachismos, esa violencia supuestamente sutil  que son el germen de todos estos asesinatos, de toda esta violencia que parece enquistarse en nuestro entorno, por hablar solo del más próximo.

Creo que seguimos sin ver tan siquiera la punta del iceberg: no cuestionamos que haya mujeres que por el hecho de serlo se les permita entrar ¿gratis? en las discotecas convirtiéndose en reclamos para el negocio; que la suspensión de un concurso de culos femeninos nos parezca suficiente para poner coto a la cosificación de la mujer; que una cámara de vigilancia muestre a un hombre golpeando brutalmente a su pareja nos repugne y  hiera la mirada, y nuestra respuesta, legítima pero insuficiente, sea tan solo tachar a esa persona de una bestia sin sentimientos. ¿Son todas ellas refutaciones suficientes?

Es cierto lo que sostiene Simone de Beauvoir en El segundo sexo, cuando dice que no se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; el conjunto de la civilización  elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino. Sólo la mediación ajena puede convertir un individuo en «Alteridad».

Pero esta última, la otredad, no deja de hablarnos del otro. Sentir, llegar a comprender, tener el convencimiento, la certeza, de que no somos ni podemos construirnos sin la presencia de los otros: mujeres y hombres, niños y niñas, refugiados, explotados…; no son sino sus relaciones es lo que nos hace humanos, seres que se buscan y necesitan para encontrar su lugar en el mundo.

Pero admitamos también la dolorosa convicción de que todavía falta revalorizar ese mundo de palabras capaces de reptar por la tierra y por los cuerpos, y del que los hombres (abstraídos en su subjetividad) no han participado históricamente, salvo para poetizar sobre ellas desde la observación, viendo (porque han mirado) las vidas de los cuerpos que comen, enferman y orinan, en la distancia de las palabras que casi siempre hablan y miran pero ni huelen ni tocan.

Tan certeras como cercanas las palabras de Remedios Zafra.

La imagen es una ilustración del gran Liniers

Rafael Muñoz