Martes, 22 de agosto de 2017

Ante mis ojos

Me llamo María, he vivido 20 años con mi marido y ahora, de pronto, me ha dejado. No me lo esperaba. Sí, ya sé que ella es más joven y guapa que yo, pero yo pensaba que él estaba conmigo porque me quería y por eso tuvimos dos hijos. Nunca piensas que va a pasarte algo así. Los días transcurrían tranquilos, yo confiaba en él, y mis hijos no se lo creen, porque aunque son jóvenes y están acostumbrados al divorcio, pensaba que no iba con ellos, que sus padres nunca íbamos a fallarles, porque para ellos éramos su modelo. Ahora están enrabietados, mi hija dice que nunca va a casarse, que esto del matrimonio es una gran estafa, y que no le venga nadie a hablarle de amor: ¿qué es eso?, me dijo al saberlo. Mi hijo calla, le parece mentira que a él le haya ocurrido lo que le sucede a muchos de sus amigos. Cuando le miro a los ojos leo que me está diciendo: mi padre no era como los otros, esto es una pesadilla.

¿Qué voy a hacer? No lo sé. Cuando me enamoré y nos casamos, dejé mi trabajo: él me lo pidió, con lo que yo gano tenemos suficiente para los dos y si vienen los niños para todos. Y le hice caso y me convertí en un ama de casa, no me lo creía, a mí me encantaba mi trabajo, era secretaria administrativa, y recuerdo que mi madre me lo reprochó: una mujer de hoy ha de ganarse la vida por sí misma, y tú te la ganas muy bien, ¿por qué dejarlo? Pero yo estaba encandilada por él, y si me lo pedía, no me parecía mal dejarlo, aunque me costó. Creo que fui una buena ama de casa y sobre todo una buena madre: empleé todas mis energías en educar a nuestros hijos, a los dos por igual, el chico y la chica, y creo que mi esfuerzo ha merecido la pena. Son buenos estudiantes, pero sobre todo son buenas personas y se respetan entre sí. Cuando oigo hablar a feministas en la tele, me siento orgulloso: yo me digo a mí misma que mi hijo es así, que sabe lo importante que somos las mujeres, que no se siente superior sino complementaria de ellas. Yo también me siento bien cuando le oigo hablar con ese respeto.

Pero ahora estoy hecha polvo. ¿Quién me lo iba a decir? Mis amigas me lo reprochaban: no te fíes de los hombres. Pero el mío es distinto, me quiere, me respeta, vuela por mí. Y no sé qué decirles ahora cuando las veo. Percibo en ellas como una mirada de compasión que me hiere profundamente: es como si me dijeran: ves que nosotras teníamos razón, que todos los hombres son iguales. Incluso tengo un sentimiento de culpabilidad: ¿en qué habré fallado yo?, ¿no sería buena en la cama?, ¿me descuidé?, ¿no supe estar a la altura de sus necesidades? Porque los hombres cambian y tal vez yo no me di cuenta y di por supuesto que todo siempre sería igual, y me equivoqué.

Me dice Adela que siempre fui una inmadura. Que la vida es así, y así hay que tomarla, no vivir en las nubes. Yo no creo que viviese en las nubes, vivía en la creencia de que amar a quien quieres, es la experiencia más inolvidable que puedas tener. Yo la tuve. La he perdido. Miro el pasado y es como si me hubieran expulsado del Paraíso. Pero sigo pensando que amar es posible y que nada hay igual. Yo lo he vivido.

Ahora he de adaptarme a mis circunstancias. He pasado de los 50 y con la pensión que me ha quedado, no tengo suficiente para cubrir mis necesidades y, sobre todo, las de mis hijos. Ya se sabe, en estos casos los hombres son egoístas y se olvidan de lo que han dejado atrás. Por eso me he puesto a limpiar casas y a fregar escaleras, no me ha quedado otro remedio. No se lo digo a quienes me conocen, porque, aunque sea injusto, me da vergüenza, pero con lo que saco tiro para adelante y mis hijos pueden seguir haciendo su vida como antes. Yo, la verdad, cuando cuento lo que he ganado al mes, me siento orgullosa de mí misma. Me ha ido mal al final la vida, pero no le he perdido la cara, y aquí estoy, malviviendo, pero feliz por no fallarle a los dos seres que más quiero en mi vida. La vida son muchas experiencias, pero jamás hay que traicionarte a ti misma, y eso intento: sobrevivir con dignidad.

La miré, vi sus ojos profundos, y comprendí qué injusta es la vida. Pero me perturbó y cuestionó que todavía siguiera creyendo en el amor. Qué grandes son algunas mujeres.

Marta FERREIRA