Jueves, 29 de junio de 2017

Calidad de nuestra democracia

Cuando hablamos de democracia, por más que nos empeñemos, no estamos hablando de votación, de elección del representante, no estamos ante la libertad de elección, sino ante la elección por un sistema político en el que el control del poder por parte de los ciudadanos es la máxima expresión de la calidad de la misma y de su perfección.

Se nos dice que vivimos en democracia, pero ¿es cierto? O ¿sólo vivimos un espejismo útil para los que conforman el establishment?

El primer y máximo control que se debe de establecer, en la doble vertiente de resolución de conflictos entre los ciudadanos y de evitación de la extralimitación del poder político, es el Poder Judicial.      Una vez sometido el poder al control de legalidad, se debe de someter, a través de las agencias de control, a la vigilancia y accountability a limitaciones del poder que permitan su sometimiento, transparencia y correcta actuación.        Finalmente, los ciudadanos, por diferentes medios y vías, deben de poder ejercer el control político y la exigencia de responsabilidad de la acción política de sus representantes, sean estos directos o indirectos, elegidos por ellos.

Pero, se desarman o desmontan agencias como el Banco de España y la CNMV claramente politizadas, generamos puertas giratorias en importantes núcleos de control y en los de poder para, en otro orden de cosas,  observar cómo el Derecho Administrativo, regulador de las relaciones de la administración con el administrado, mantiene un sesgo y deriva injusta de protección de la actividad administrativa cada día superior. Cómo el Poder Judicial, desde 1985, al menos, ve limitada su independencia y se observan interacciones indeseadas entre los poderes ejecutivo-legislativo y el judicial que ponen en discusión la división de poderes que algunos dieron por definitivamente liquidada con la frase “Montesquieu ha muerto”.    El control que debiera someter al político es utilizado por este para someter al ciudadano y así se dirige contra él la Hacienda Pública, la Seguridad Social, los organismos ad hoc creados por los políticos, etc y la intervención del Estado en sus vidas es cada día mayor, consentida pacíficamente por los individuos como un soma o placebo con el que anestesiar su libertad e incluso participando felizmente en esa limitación con la arana afirmación de que es para todos. No, no lo es, lo es para ellos que nos someten.

El ciudadano, cansado de esa presión, del mal uso de los políticos del poder, de la corrupción social, económica y política, se moviliza y, rápidamente, es encauzado por movimientos populistas de izquierda y derecha que le utilizan para alcanzar cotas de poder y mantener el sistema de poder, de falta de control e inconsistencia de la clase dirigente, fortaleciendo el control de la sociedad, utilizando la presión social para someter, aún más, al votante con nuevos placebos supuestamente revolucionarios o regeneradores. 

El liderazgo y el mando se obtiene desde la coherencia, la solidez personal, el rigor profesional y humano, así como por la asunción de las acciones en primer grado por aquel que la propone; pero, nuestra clase política, de todos los colores y signos, carece de ello, su falta de rigor personal, económico, humano y personal llega a tal extremo que no es patético, sino cruel.

Los pequeños “perritos sin alma” queremos libertad de verdad, que el control y la presión sea para con el poder, para con la clase dirigente y política, que la forma de actuar sea recibir el apoyo del Estado y las formas de supervisión política. Que la regeneración, la trasparencia y la libertad sean el emblema de una nación fuerte, unida y poderosa que somete al que detenta el poder y no a sus ciudadanos, a los que permite la libertad social, económica y política.