Lunes, 29 de mayo de 2017

Lecciones que da la vida

Llevamos ya dos años celebrando el día en que diagnosticaron al niño el cáncer; ahí empezó esa parte de nuestra vida, porque ese día empezó para todos nosotros una segunda oportunidad, la mejor de nuestras vidas

Para mí este pasado mes de febrero ha sido muy, muy especial. Nunca imaginé que escucharía estas palabras: “tu hijo tiene un tumor…”, hasta el momento en el que tú llevas la carta más alta. Atrás quedaron esos momentos de acompañar a mi hijo en esa larga batalla, ya que fue él el que tuvo que pasar por los momentos de tratamiento más terribles. Los llamamos “héroes” pero en realidad son sólo niños, niños a los que de un día para otro, sin más, se les cuela en su vida esta grave enfermedad y conviven con ella a diario, esta puñetera que entra poniendo todo patas arriba, sembrando miedos, dudas e incertidumbres.

Estoy muy orgulloso de mi hijo Víctor y de la mujer que tengo; no hay amor más grande que el de una madre por sus hijos y después de lo vivido me lo ha reafirmado. Atrás queda ese comentario de “tranquila mami, vamos a por este monstruo y le vamos a ganar” y vaya que se ganó. Pero no siempre es así. También en este mes queda ese amargo recuerdo del que no tuvo tanta suerte, ese niño maravilloso que conocimos durante el proceso y no lo logró, Pablo, amigo de mi hijo. Ese niño con el que compartimos no muchos pero sí momentos intensos e inolvidables ratos y con el que estábamos deseando compartir muchos más. Febrero también nos ha robado a Miguel Ángel, nuestro pequeño gran luchador ¡qué injusta es a veces la vida!

Escribiendo este artículo me viene una sensación de impotencia, de rabia, de ganas de explotar a llorar, y es que con estos temas me siento más sensible. Hoy hemos ido al cine toda la familia a ver la película “Lo que de verdad importa”, y os podéis imaginar, los sentimientos afloraron.

Llevamos ya dos años celebrando el día en que empezó esa parte de nuestra vida, porque ese día empezó para todos nosotros una segunda oportunidad, la mejor de nuestras vidas. Cada día que amanece hay que agradecerlo, porque cada día es especial y hay que vivirlo tal y como viene. Me levanto cada día con una sonrisa, porque la felicidad hay que buscarla y qué mejor manera que provocándola. Sólo me queda decir ¡Gracias por estar aquí! y a los que ya no están, ¡gracias por formar parte de mi vida!