Miércoles, 26 de abril de 2017

La felicidad y la herencia

La felicidad, concepto popular  impreciso que hemos sustituido por “bienestar subjetivo” y “objetivo”. El más cercano a la felicidad es el subjetivo, que finalmente es la interpretación que cada persona hace de cómo le va la vida. Nos referimos al bienestar estable o duradero, más allá de oscilaciones breves, a veces muy intensas por un dolor, una mala o buena noticia o, simplemente por comer chocolate.

Pues bien, el bienestar de cada persona depende, en primer lugar, de la herencia. De la herencia genética y de la herencia social. No elegimos a nuestros padres, ni el año o el país y cultura donde nacemos, tampoco el sexo, la identidad  y orientación sexual, etc.;  pero  estos factores nos condicional para bien o para mal en gran medida nuestra manera de vivir, interpretar y sentir la vida.

Empezando por la herencia biológica, después de décadas de ambientalismo, nos vemos obligados a reconocer que los genes y toda nuestra fisiología y vida emocional heredada influye decisivamente (aunque no lo determina de forma cerrada) en nuestro  grado de bienestar, hasta el punto de que, por sorprendente que le parezca, después de alteraciones  súbitas, por acontecimientos buenos o malos, volvemos una y otra vez a sentir un grado muy similar o cercano al que teníamos antes. Por ejemplo, si a usted le toca la lotería o tiene un accidente con una lesión medular, es muy probable que después de un tiempo, de varios meses a dos años,   sentirá más o menos  el mismo estado de bienestar o malestar que antes.

¿Cómo es posible? Porque heredamos, entre otras muchas cosas, el “humor” o tono vital y rasgos de personalidad bastante estable. El humor es la base de nuestro estado emocional, al que volvemos una y otra vez, después de sentir diferentes emociones. El humor, como dice Antonio Damasio, un neurocientifico, es como el fondo del mar, mientras las emociones, respuestas pasajeras, son las crestas de las olas.

Por eso hay personas con un tono bajo o negativo de humor, que se arrastran por la vida,  mientras otras tienen un tono vital positivo que les facilita el sentimiento de bienestar. Este “tono vital” se comparte de forma especial con alguno de los padres o con ambos, es más similar en gemelos univitelinos e incluso entre hermanos, aunque pueden darse causas que expliquen diferencias notables. En efecto, no es infrecuente verse en el reflejo del tono emocional de un progenitor o un abuelo; o hermanos que se parecen más uno u otro padre, etc.

La gente reconoce esta estabilidad del humor cuando usa  expresiones como “es una persona muy agria”, “no hay por dónde cogerle”, “se ha tragado una escoba”, “siempre está amargado” o, por el contrario, “le ríen los huesos”, “siempre está alegre”, “alegra la vida” y tantas cosas más que usted recordará. La expresión emocional en el rostro, las posturas, los gestos y hasta  los andares reflejan uno u otro polo del tono vital.

Algo similar ocurre con la personalidad, cuyos rasgos son, en una parte importante, heredados, como veremos.

Humor, reactividad emocional y personalidad, en todo caso, no determinan nuestra vida, ni nuestro bienestar, pero pocas dudas hay que unas personas nacen sentadas en un “ferrari” y otras “en un cuatro latas”, como se decía hace años. El conductor es muy importante y tiene margen para manejarse mejor o peor, pero  a la hora de viajar por la vida no es lo mismo.

En todo caso, vea el lado positivo de estos conocimientos: si tiene un problema es posible que, salvo casos extremos, pueda adaptarse y mantener su “tono vital”;  y si no le toca la lotería, ya sabe que la felicidad de los agraciados no es necesariamente muy duradera.