Sábado, 19 de agosto de 2017

Contra las fobias, "respetofilia"

 

Pedimos disculpas a quienes se hayan podido sentir ofendidos, no era nuestra intención, bla bla bla bla…”. Siempre la misma falsa cantinela. Todo lo falsa que resulta una disculpa cuando la ofensa no ofende. La ofensa innecesaria, inútil, vacía, tan diferente de la crítica mordaz o de la sátira que es más talentosa que meramente burlesca (prometo que tecleé esta expresión literal justo antes de comprobar que la usa la RAE: ¿coincidir es bueno o malo?).

No es que todos nos tengamos que ofender por lo mismo, ni que todos tengamos que pensar igual (¡sólo faltaba!), ni que dejemos de expresarnos con una sana libertad, sino que en estas últimas semanas no falta el día en que salte a la palestra un nuevo episodio de incisión lacerante sobre la piel de la convivencia, hasta producir un nuevo desgarro, otro más, que sigue dificultando su cicatrización. Se suceden las muestras de intolerancia, las izadas de bandera propia que implican arriar la del vecino, los desdenes y las agresiones, casi siempre verbales, con todo ese poder destructivo que tienen las palabras. Publicaba Jon Sagarzazu en su muro de facebook lo siguiente: ¿Recordáis aquel conflicto que solucionamos llamándonos "retrógrados", "maricones", "homófobos", "posmo-progres", etc.  entre todos? Yo tampoco. Ni yo. Ni nadie salvo que juegue con su memoria.

Así pasa. Que asuntos de los que se puede hablar, sobre todo se puede y se debe hacerlo, se despachan con gruesas acciones y no menos groseras reacciones, o se ventilan a golpe de boicot, o de lugar común, o de encasillamiento. Del “si no está contra nosotros, está con nosotros” al “o conmigo o contra mí”, sin pararse a calibrar contextos o a buscar explicaciones. En vez de sentarnos a dialogar serenamente sobre identidad y orientación sexual, sobre respeto a las creencias religiosas o sobre el encaje de los sentimientos de pertenencia a un territorio en las leyes que rigen nuestro Estado, multiplicamos las fobias y conservamos dos frentes para cada cuestión, dos polos que se repelen, dos extremos que se tocan en falta de delicadeza y de sensibilidad. Como si no estuviéramos tratando de personas, con personas, entre personas. Y quizá hasta buscamos lejos, en otros continentes, a quien acusar de lo que aquí no criticamos (por ejemplo, la pintoresca, palpable y diaria xenofobia intraespañola). O incluso nos indignaremos por whatsapp, o en una encuesta, o en el anonimato de los comentarios de un digital, mientras nos inhibimos cara a cara, y de este modo renunciaremos al diálogo fecundo para perpetuar lo fugaz, para envalentonar lo cobarde y para empequeñecernos un poco más en nuestros pequeños grandes odios. Cambiar cada uno lo cambiaría todo. Respetar sería la mayor transformación y el mejor ejercicio de libertad. Sin necesidad de autobuses a ninguna parte, ni de numeritos blasfemos, ni de absurdos programas de televisión.