Jueves, 25 de mayo de 2017

Así cualquiera

Después del lamentable e irreverente episodio del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, cada vez es más evidente el desprecio que manifiesta en España buena parte de la izquierda a la Iglesia Católica. Escudándose en una mal entendida libertad de expresión, se emplea una de vara de medir muy distinta para los católicos que para otras religiones. Por más que pretendan negarlo los responsables, la historia se escribe así.  

El protagonista de la hombrada carnavalesca, que se declara no creyente, manifiesta su deseo de convertirse en profesor de religión. Si trata a todas las confesiones como a la católica, le espera un gran porvenir. Aún recuerdo al difunto Pedro Zerolo encabezando un desfile del Orgullo Gay, en Madrid, plagado de pancartas ofensivas contra los católicos y, de paso, criticando duramente a una chirigota del carnaval ceutí que se había permitido el lujo de proferir expresiones “inaceptables” , “de mal gusto” y “gravemente atentatorias contra la convivencia”, porque calificaba de “animales” a los musulmanes que habían quemado embajadas y asesinado inocentes con ocasión de la publicación de las caricaturas de Mahoma – aún no se habían-producido los atentados en Francia y Bélgica. Cuando el católico se queja de la ofensa gratuita y desafortunada, falta tiempo para calificarle de ultracatólico, reaccionario, intransigente, empleando los vocablos más suaves. Sin embargo, ¿alguien se imagina a Rita Maestre irrumpiendo  con sus compañeras de la Complutense, a pecho descubierto, en cualquiera de las mezquitas de Madrid? Claro, Mahoma no habla para nada en el Corán de poner la otra mejilla y, además, en ese caso sería un acto con más tintes “políticos” que religiosos. Los católicos, por el contrario, nos limitamos a protestar de forma pacífica y civilizada y, pasados unos días, ante la inacción de la ley, si te he visto, no me acuerdo.

Pero es que, además, se trata de ofender a quien no entraña peligro de represalia; es decir, estamos hablando de actuar con cobardía. El odio de esa izquierda montaraz tiene raíces ideológicas. La doctrina que aprenden habla de exterminar un sistema liberal-capitalista, culpable único de la situación actual. Para ello hay que acabar con el Estado, el Ejército, la Iglesia y el sistema judicial. Conviene  educar a las masas en la religión que proclama como única realidad válida la material, que se consigue sin esperar demasiado a la evolución; porque es más útil y rápida la revolución. Estando en una nación con mayoría católica, la Iglesia es uno de los primeros obstáculos. Además, tiene demasiados privilegios. Vayamos por partes.

En primer lugar, conviene recordar que edificios propiedad de organismos como federaciones deportivas, partidos políticos, sindicatos, ONG,s o fundaciones, entre otros,  tampoco pagan el IBI. Este es uno más de los mantras que falsean la realidad una y otra vez, con la gravedad añadida de que puede haber ciudadanos que lo desconozcan, pero nunca es el caso de quienes lo propalan. La Iglesia tiene más de 5.000 centros de enseñanza y un millón de alumnos que ahorran al Estado algunos millones de euros por centro y año. Hospitales, asilos, centros de atención médica o de minusválidos, por no hablar de las Fundaciones “Cáritas” y “Manos Unidas”, evitan al Estado varios cientos de millones al año. Pero claro, todo esto “no vende”.  Los españoles que lo desean, dedican el 0,7% del impuesto de la renta al mantenimiento de la Iglesia Católica. Como Iglesia también somos los laicos, tampoco hay que olvidar la labor anónima que realizan los católicos consolando a los angustiados, visitando a enfermos y presos, alimentando a los que no tienen trabajo pero sí hambre o, simplemente, escuchando y orientando a quienes quieren saber. Nada de esto se puede cuantificar. ¿Por  qué tanto odio?

Es más fácil ridiculizar a la Iglesia, hasta llegar a la ofensa, por estar seguros de que siempre saldrá gratis. Desde luego, mucho más sencillo, y menos peligroso, que irritar a quienes no toleran cualquier injerencia en sus costumbres y o en su forma de pensar  –sean o no religiosas- y así evitar la más que segura represalia sangrienta de los ofendidos. Con los católicos, no existe nunca ese peligro.

Tratar de imponer y exaltar los derechos del colectivo LGTB, hasta tendría su lógica si, con el mismo ahínco, se tratara de proteger los derechos, por ejemplo,  de ese otro colectivo silencioso que no se duda en  aniquilar antes de nacer. Se valora más la vida de un animal que la de un ser humano. Pero no, cuando se acude a los tribunales buscando el amparo de la ley, ya se sabe de antemano a quién se va a tener en consideración y a quién no. En un caso se invocará la libertad de expresión y en el otro se hablará de intransigencia e intolerancia ¡Así cualquiera!