Jueves, 30 de marzo de 2017

400 años de la Escuela Pía

     Hoy celebran los Escolapios 400 años de existencia. Uno tiene el honor de haber sido alumno suyo solo durante ocho años, toda la infancia y la adolescencia, los años más importantes de la vida. Allí está mi cara, en la orla de la Segunda Promoción del Colegio “Calasanz”, en el pasillo de Aulas de la Segunda Planta, si es que no la han cambiado de sitio o el sol mesetario inmisericorde no ha terminado de diluir los perfiles y los detalles.

     Eso de 400 años es mucho y nos lleva a comienzos del siglo XVII, a la Ciudad Eterna, a Roma, donde José de Calasanz, en lucha denodada con otros miles de clérigos, intentaba hacerse un hueco en la carrera eclesiástica, esa que tanto ha criticado el actual Papa Francisco y que trabajo le va a costar acabar con ella, porque el darse pote, alcanzar poder –“asaltar el cielo”, dicen algunos posmodernos-, darse importancia es humano y los chicos listos de provincias, aunque fueran aragoneses, no son inmunes a la tentación. Y eso le pasó a Calasanz…hasta que se topó con los ojos de los niños.

     Debía tener Calasanz buena vista, porque dejarse mirar por los ojos de los niños no era fácil en aquella sacristía inmunda y oscura donde empezó a dar catequesis a los arrapiezos romanos, que no sabían leer ni escribir, pero que atesoraban la “gramática parda” acrisolada durante milenios de haber sido capital del mundo. Allí descubrió Calasanz algo que le impuso su sentido común aragonés: que era inútil enseñar el Catecismo sin una base cultural en los niños. Poco a poco fue madurando el lema escolapio: “Piedad y Letras”, ambas cosas a la vez, ambas iguales en importancia para el alma de los niños, en diálogo permanente, sin enfrentamiento, en servicio mutuo.

     Eso es lo que yo viví en el Colegio Calasanz, con el estilo propio de la época: una piedad fuerte, pero no ñoña, ni mucho menos atosigante. Y una dedicación al estudio que se contagiaba del entusiasmo y la vocación de los profesores, religiosos o laicos, que de todo hubo. Y hubo profesor de matemáticas, escolapio, que me dio clase con 40 grados de fiebre. Y en las dos horas de permanencias (estudio) por las tardes, no se oía ni el caer de una hoja de papel al suelo. Concentración y silencio no faltaban.

     Ese ambiente tenía unas raíces: la obra de una Congregación, ingrata con su fundador todavía en vida de éste, porque los santos parecen estar destinados a padecer calvarios varios, que fue capaz de garantizar una Escuela para todos los niños de Italia, muchos decenios antes de que los estados liberales comenzaran a plantearse la existencia de una Escuela universal y gratuita. Y, precisamente porque había que inculcar Piedad y Letras en todos los niños, también en los más pobres, los maestros tenían que estar bien formados, además de ser hombres de fe; y así, si había que traer al mismísimo Galileo, ya mal visto por la Inquisición, para formar en Matemáticas a los escolapios maestros, Calasanz lo traía, arriesgándose él mismo a la condena inquisitorial, que no era moco de pavo entonces. Bien es verdad que, como en todas las épocas de la Iglesia, hubo personajes vaticanos que también se la jugaron protegiendo a Calasanz y defendiendo la autenticidad evangélica de su obra. Dios escribe derecho con renglones torcidos; pero la Escritura le sale más derecha cuando entra a derecho en el corazón y en la mente (de nuevo Piedad y Letras) de los cristianos sinceros, que haberlos siempre los hubo. Y haylos.

     Los profes escolapios no se dedicaban a los niños sólo en las horas de clase, de recreo y de estudio, sino que nos proponían alternativas de Tiempo Libre con enjundia pedagógica y cristiana. En el Colegio Calasanz fue donde entré en contacto con el escultismo a mis doce años. Y, siete años después, otro escolapio, Francisco García de Haro Goytisolo (sí, de la familia de los Goytisolo, españoles vascos en Cataluña), que luego desgastó su vida como misionero en Senegal, porque Fidel Castro –que santa gloria haya- no le dejó entrar en Cuba, me repescó como animador de la delegación Diocesana de Escultismo que entonces se estaba formando apoyándose en la exposición Internacional Scout (Expo Scout) que los escolapios estudiantes de Teología habían creado en el Colegio Mayor “Padre Scio”, su Teologado Seminario. Pero eso son otros cincuenta años de mi vida. Por hoy, basta.

Antonio Matilla, ex alumno del Colegio “Calasanz” de Salamanca.

(abajo: retrato de San José de Calasanz)

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