Jueves, 23 de marzo de 2017

El ciclo vital

El mago se agachó hasta quedar a la altura del alumno,  le miró fijamente y le dijo: “no tienes que ser grande para comenzar a hacer las cosas bien, pero tienes que comenzar a hacerlas así para ser grande”. Y,  tirando de él,  se dirigió hacia el claro.

Algunas veces,  el mago  llegaba al claro donde  le esperaban los alumnos para comenzar la clase, soltaba un par de frases sobre las que los jóvenes debían de debatir y encontrar su significado y  dejando al grupo al cuidado de Kay,  desaparecía tan misteriosamente como había llegado.

Un día,  en el que estaba el mago tumbado al  sol como un lagarto,  en su roca preferida, oyó un leve murmullo que al principio  no supo identificar… era uno de los alumnos más jóvenes apenas un niño, que temeroso de  molestarle, susurraba: maestro, maestro, dice Kay que vengáis, que es importante…

Sabes, dijo Al incorporándose y cogiendo al niño de la mano, cuando tengas que hacer algo es mejor que lo hagas y a ser posible, bien ¿porqué no me has llamado en voz alta?

Es que soy el más pequeño de la clase,  respondió el niño con la vista fija en el suelo y  no me atrevía a molestaros…

El mago se agachó hasta quedar a la altura del alumno,  le miró fijamente y le dijo: “no tienes que ser grande para comenzar a hacer las cosas bien, pero tienes que comenzar a hacerlas así para ser grande”, y tirando de él,  se dirigió hacia el claro.

Maestro,  dijo Kay, aquí hay una confusión tremenda,  le hemos dado mil vueltas a vuestro acertijo y no hay forma de entendernos;  cada uno opina una cosa…

El mago levantó la mano y el guirigay cesó de inmediato,  se sentó al lado de la frase que había dejado escrita en la arena y que decía: “Cómo se llama un ser que por la mañana camina con cuatro patas,  al mediodía con dos y por la noche con tres” y  mientras los jóvenes discípulos se sentaban  a su alrededor en silencio,  comenzó a decir:

Este era el secreto de la Esfinge, mis jóvenes amigos, y como  supongo que no sabéis de lo que estoy hablando os contaré su historia. Hace muchos, muchos años,  cuando yo era mayor que ahora,  (el mago vivía hacia   atrás en el tiempo) en un lejano país llamado Egipto había una ciudad, Tebas,  que estaba amenazada por la Esfinge, un monstruo terrible al que ninguna fuerza podía vencer.

Sólo un hombre de conocimiento, capaz de descubrir su secreto respondiendo a la adivinanza,  podía acabar con su poder.

El héroe mítico que venció a la esfinge, continuó el mago, era Edipo que se acercó a ella,  escuchó las palabras de la prueba y respondió: “Se llama Hombre”. En ese  momento, al oír su secreto revelado, la Esfinge se destruyó a sí misma.

El mago, acalló los cuchicheos de los alumnos y prosiguió. El autor de esta fábula,  fue Sófocles,  uno de vuestros sabios más grandes de la antigüedad,  y vamos a intentar entender lo que os quería decir.

En primer lugar, la Esfinge,  enorme, poderosa,  inescrutable e imposible es una buena personificación de un obstáculo insuperable ante el cual,  todos nuestros recursos son inútiles.

Hemos topado con una crisis. Puede ser el angustioso poder de lo desconocido o la fuerza ciega de la Naturaleza Anhumana.  Algo ante lo que los mortales  sois impotentes a menos que os paréis a pensar.

De ahí la gracia y la belleza del acertijo: para vencer a la Esfinge tenéis que pararos a pensar. Descubrir lo que no conocéis. Función humana primordial que os distancia de lo anhumano.

Y ahora me vuelvo a mi roca, concluyó el mago sonriendo y os dejo aquí, hasta el próximo día, pensando en que tenéis que pensar.

Fotos:www.mangeles.art.com