Jueves, 23 de marzo de 2017

Otro milagro de la primavera

Estos últimos días, en que la primavera parecía asomar a nuestro mundo, entre los intersticios del carnaval y la cuaresma, me he ido encontrando, en mi camino diario hacia el archivo histórico, con un viejo árbol florido.

Todo un símbolo, en una climatología social incierta y llena de nubarrones. Toda una esperanza de que aún puede florecer en el mundo lo mejor, ese sustrato de humanismo, procedente de la mejor savia que, en nuestra cultura, desde la raíz clásica y antigua que la sustenta, también de la cristiana, se ha ido manteniendo viva.

“Otro milagro de la primavera”. Antonio Machado, en su hermoso poema “A un olmo seco”, cuando su esposa Leonor estaba gravemente enferma, en uno de sus paseos de la incipiente primavera soriana, percibió que del viejo olmo herido de muerte habían brotado unas delicadas ramitas con nuevas hojas. Lo tomó como símbolo de que aún él, en aquella difícil circunstancia personal, podía tener esperanza, de que aún podía esperar un milagro de curación, de renacer.

Tal símbolo ya lo dejó establecido Antonio Machado. Pero está ahí siempre, al alcance de nuestra mirada y de nuestra percepción. Cuando paso a diario, mañana tras mañana, día tras día, por esa vieja casa abandonada, con un jardín adjunto, cuyos muros amenazan ruinas, siempre contemplo el árbol que en él hay. Nadie ha vuelto a podarlo, a cuidarlo, a mantenerlo, y, sin embargo, estos últimos días, se mostraba florido y esplendoroso. Como diciendo, a quien quisiera contemplarlo, si es que hay alguien que lo haga, que la savia aún vive, que esa energía soterrada, que procede de la raíz de la tierra, aún puede impulsar el florecimiento en la luz.

Sí. Esa savia del humanismo, de la fraternidad, del apoyo mutuo, del estar atentos a los problemas de los más frágiles, de los más débiles, de los más abandonados, de los más dejados de la mano de Dios..., aún sigue floreciendo en el mundo. Otro milagro de la primavera. Pese a tantas amenazas de muros y de perspectivas cerradas.

Y ese florecimiento es el de una sociedad abierta, por la que siempre propugnamos; una sociedad libre de cerrazones, de perspectivas inquisitoriales, de exclusiones, de amenazas veladas y sutiles o abiertas y descaradas.

Porque nuestros corazones –como le ocurre al árbol que me encuentro cada día y que venturosamente, pese a su abandono, ha florecido– también esperan, hacia la luz y hacia la vida –como emotivamente indicara Antonio Machado– otro milagro de la primavera.

Fotografía: Sole Martín