Jueves, 17 de agosto de 2017

Honduras otra vez

Entre los cachivaches que hay sobre mi mesa, en la redacción, tengo un casquillo de bala. Es de un revólver, un 38 especial. Lo recogí del suelo en La Clínica, el puesto de salud que atienden los misioneros católicos en el barrio más peligroso de la ciudad más peligrosa. En la Rivera Hernández de San Pedro Sula. Escuché cómo disparaban por la noche. A la mañana siguiente el encargado de la seguridad me dijo que había sido él. Que escuchó unos ruidos y disparó al aire para asustar a posibles merodeadores. Me metí la carcasa metálica en el bolsillo y desde hace cuatro años la miro antes de encender el ordenador. Mi experiencia hondureña ha sido una de las más intensas desde que me dedico a viajar por esos pueblos de Dios.

Durante las dos semanas que estuve allí entrevisté por primera vez a un obispo mientras se escuchaban disparos de fondo. Recibí amenazas a través del móvil de un misionero amenazado por los explotadores mineros. Conocí a periodistas que se jugaban la vida por contar que la vida no valía nada, por señalar a los que la quitaban. Escuché a madres relatar cómo habían visto matar a balazos a sus hijos en sus propias casas.  Sentí la impotencia de los garífunas expulsados de sus tierras por las grandes multinacionales hoteleras. Participé en una manifestación en recuerdo de los mártires acribillados con subfusiles AK47 cuando defendían su derecho a trabajar la tierra. Grabé a personas, como Santiago, al que asesinaron en un atraco antes de que emitiéramos su testimonio a favor de la vida.

En Honduras conocí lo mejor y lo peor del ser humano.

El lunes regreso al país de los catrachos. Otras dos semanas bordeando la costa atlántica. De nuevo iré a San Pedro Sula. Esta vez conoceremos algo más del departamento de Cortés, en la frontera con Guatemala. También tenemos previsto ir a la otra punta del país caribeño, a la frontera con Nicaragua, a territorio misquito. Vamos a visitar los proyectos sociales financiados por la solidaridad española a través de la ong COVIDE-AMVE. Detrás están las Hijas de la Caridad y la Congregación de la Misión, los que aquí conocemos como paúles y allí como vicentinos.

Entre los proyectos que tenemos apuntados hay algunos que, sobre el papel, llaman poderosamente la atención. El de prevención infantil llega a más de 5.000 niños en las escuelas y ha sido pionero en América Central. El de acompañamiento a personas con VIH lleva más de dos décadas funcionando y es el programa de referencia para enfermos de SIDA en Honduras. Luego está la escuela agrícola, el hogar para niñas, el de los niños, la casa del joven, los módulos de ancianos, las escuelas de primaria y secundaria, la granja para rehabilitación de alcohólicos, el trabajo con los nativos misquitos, la promoción del mundo rural, el acompañamiento a la comunidad garífuna… En las periferias de la humanidad, con los descartes, a pesar de la violencia y la impunidad, en el paraíso del Caribe catracho. Derrochando coraje y corazón. ¡Viva Honduras!