Lunes, 26 de junio de 2017

E pluribus unum

Desde este guindo florido y juguetón proclamo –sin ninguna solemnidad- que no me voy a presentar a Rector, y ni siquiera a Vicerrector. Me preguntará usted, y con toda la razón, a qué viene tal aserto si eso es lo que va a ocurrir con el noventa y nueve coma… y lo que usted le quiera añadir, de los que podrían presentarse y no lo harán. No es que me sienta especialmente original, ni que me haya dado un arrebato empoderador, pero uno empieza a peinar canas -por lo menos en la barba-, y ya va sintiendo esa obligación moral de los abuelos de expresar algunas ingenuas reflexiones para el trance que se avecina. Como no deseo que esta breve soflama pueda llevar a equívocos, pues empiezo afirmando lo evidente, por lo menos para los que me conocen.

Cualquiera medianamente avisado sabe que ya tenemos varios precandidatos a la espera de que se convoquen las elecciones, según parece en el segundo semestre de este año. Los que ya han aparecido en los medios son sin duda catedráticos capaces, con unas carreras académicas serias, buenos investigadores y docentes respetables. Debo decir que son además amigos, que con toda legitimidad han decidido dar el paso comprometido de ofrecer unos cuantos años al servicio de la gestión de la Universidad, lo cual no siempre es tarea grata, y más en tiempos de limitaciones y condicionantes excesivos, que hacen preguntarse a más de uno qué hubo de esa famosa autonomía universitaria y de la apuesta pública por una buena enseñanza superior.

Nadie debe esperar que desde esta pequeña columna me decante por ninguno, siendo como son todos ellos muy dignos aspirantes al más alto solio de esta, tantas veces centenaria, universidad. Cada cual tiene su personalidad, sus méritos, y probablemente sus imperfecciones, aunque no voy a ser yo quien escriba aquí ninguna. Por supuesto, si nada me lo impide, voy a ejercer mi derecho al voto, y con dolor de mi corazón tendré que priorizar a favor de alguno, aún con el resquemor de no poder votar por los demás. Qué distinto, por cierto, de otro tipo de elecciones, en las que hemos votado más a la contra que a favor. En algo hemos avanzado.

Pero tampoco quiero que se me interprete mal. No creo que fuera bueno un único candidato, por la obvia circunstancia de que el conjunto universitario es plural, con preferencias diversas y probablemente complementarias. Es de agradecer que se nos ofrezcan candidaturas varias, cada cual con sus ventajas y sí, por supuesto, también con sus inconvenientes. El amplio electorado puede ejercer su reflexión sensata y reposada para decidir qué futuro queremos para esos cuatro, o tal vez ocho, años de elevado gobierno, que va a regir nuestro quehacer diario como universitarios.

¿Y qué futuro queremos? Pues hay algunas cosas que queremos todos, incluidos desde luego los candidatos, y hay muchas otras en que se observarán originalidades, tendencias, diferencias…  La promoción de la potencia, del trabajo y de la visibilidad de la Universidad de Salamanca. O dicho de forma más pedestre, tener medios para trabajar bien, cómodos y a gusto; tener la suficiente calma para investigar en profundidad y también el sosiego necesario para dar buenas clases; colaborar en lo que podamos en el día a día del exagerado volumen de gestión menor… Las divergencias estarán más en el cómo llevar a cabo estos fines compartidos.

En definitiva, de varios tendremos que elegir a uno -o a una-, pero sea quien sea el elegido, deberá contar con los demás. Entre todos hacemos uno, si nos perdemos en confrontaciones sin cuento, en maquinaciones inelegantes o en acaparamientos de poder por el poder, iremos por mal camino, y ni la Universidad de Salamanca, ni quienes la integramos y la admiramos, nos merecemos esos derroteros.