Jueves, 23 de marzo de 2017

Ubicuidades

Estoy al norte del Sur y al sur del Norte. Luego me dicen que soy críptico, aunque yo me entiendo.

Hace ya algunos decenios recorrí en un invierno frío unas buenas millas de lo que en el Gran Norte llaman el Southwest. Tierras desérticas con manto blanco de nieve que prometía una primavera florida que no alcancé a ver. En esos páramos helados destacaban las construcciones indígenas y postindígenas de ciudades tan inolvidables y acogedoras como Santa Fe. Aquellos habían sido territorios mexicanos siglo y medio antes y conservan todavía el sabor del sur.

Hoy me encuentro al Norte de los Estados Unidos, aunque de los Estados Unidos Mexicanos. Unos kilómetros al Sur, por tanto, de lo que aquí se empeñan en llamar “América”, en una dejación de designaciones que no alcanzo a entender. Es otro desierto con igual apariencia, con espacios extensos y montañas viudas y escarpadas, que recuerdan por ejemplo el territorio navajo de Arizona. Es también invierno, invierno septentrional de suaves brisas y cálidos mediodías.

No alcancé a ver el muro. Ese que ya existe y que aún se quiere ampliar. Sí me hicieron notar que el tránsito abundante entre fronteras ya ha decaído radicalmente. Los paradores del camino están también desiertos y hasta en los controles de inmigración cercanos a las dunas de Samalayuca dormitan sin que nadie haga parar a los escasos viajeros que transitan hacia más al sur, donde el paisaje tomará forma y aparecerán algunos frutales, algunas casas y se concretarán algunos de los viejos mitos de la independencia y de la revolución en mansiones y objetos diversos. Si esto fuera un guión pondría al margen: “De fondo se oye música de corrido”, aunque no de narcocorrido porque según dicen están prohibidos.

No pienso en meterme en las complejas relaciones entre los vecinos de las rayas que marcan sures y nortes y llevan a odios ancestrales porque, por ejemplo, hubo una vez una expedición punitiva entre fronteras o se dificultan las aspiraciones humanas de los lázaros hodiernos que pretenden recoger las migajas de los afortunados. Sólo me abruma la nostalgia del Norte cuando estoy en el Sur y la del Sur cuando estoy en el Norte. Y pensándolo bien, todo Sur es un Norte, y todo Norte es un Sur. Incluso los polos son puntos imaginarios y discutibles ¿Por qué entonces tanta escandalera de muros y separaciones?

Porque hay más que paisajes y mitos. ¿Hay narcotráfico? Obvio. ¿Hay delincuencia? Sin duda. ¿Hay dominio? Por supuesto. Pero yo no he visto nada de eso. Rostros amables que te dan las bendiciones en un puesto de carretera. Risas amistosas de académicos con afanes juveniles, aunque no vayan a cumplir ya los sesenta. Hospitalidad y orgullo por las cosas propias: “Esta es mi casa, que es la de usted”. Fórmula habitual, que tiene bastante más que de fórmula de estilo.

Y hablando de ubicuidades, admirados colegas de física, de química o de lo que fuere: ¿Se ha inventado ya el famoso y esperado don que me permita estar en varios sitios a la vez? Porque mi agenda se alborota y se complica, y mi médico acecha con sus razones de peso. Ahora que estoy en sesudas discusiones sobre cómo deben ser los acuerdos reparatorios en el proceso penal aquí, debería estar dando mis clases sobre las intervenciones procesales allá y no estaría de más que estuviera concentrado en cualquier otro sitio reflexionando sobre las profundas razones de la existencia de un proceso penal de menores distinto del de adultos. Sin olvidarme en ningún momento de mi familia… Quiero decir en definitiva, queridos científicos, que urge.