Jueves, 25 de mayo de 2017

Mi lengua

Mi lengua es color de seda y aroma de azahar. La envuelve un manto ancho de viejo azul turquesa, con pedrería tosca. Abunda en oquedades y aletargados misterios. En ella me refugié en mi infancia primigenia y allí me mantengo, por mucho que las naves se alejen de la costa.

Dicen que quien se va, se lleva parte de esencia, como perfume antiguo que guardado queda en los más internos pliegues. Un día inesperado, a cuenta de cualquier detalle, deja escapar una gota ínfima en la que se contiene un mundo, un universo completo, por lo menos una perspectiva.

Se adormece, sin languidecer. Se apacigua, sin trasparentar su claridad lúcida. Pero en algún momento -siempre alborozada, aún en el enfado-, muestra su lado firme, aunque humilde. Profundo, aunque fresco.

Murmullos son los que, como ecos desenfocados, atraen al corazón más rudo. Melodías suaves que adormecen el oído más insomne y la más tierna de las caricias queda pálida ante su esplendor.

La insípida marea púnica arropó en su día los pies descalzos. Los fieros almohades dejaron en ella su rastro. El habla de los ciento se convirtió en su poso y siguió la arcillosa vasija almacenando sustancias varias, que fermentaron pronto en uvas y viñedos, en tejas y salamanquesas.

Cantar me obliga mi edad adulta la piel de aquellos melocotones sabios, con gusto de granadas y ciruelas, que iluminaba a la corte de los muchachos. Bicicletas tiradas. Ancho mundo por delante, cruzado por una tapia, que no era límite sino pedestal.

Aire mediterráneo ¿dónde andarás? Tormenta de verano, que moja blancura e imprime en la retina el gris desordenado de un bochorno de siesta. Tierra de calma, nunca callada. Adaptadiza y abierta, para lo bueno y para lo malo. Para atraer y para zarpar.

La nave lentamente se aleja. La desvanecida sierra emperadora cobija sus soñados archiduquesados y convive y alimenta fugaces nocturnos de nieve y champán. Qué cerca están los viejos mitos de estos pelados islotes en que se inmovilizan las lapas y se hacen piedra centenaria, como si fuera eterna.

Y aún el mar vinoso, unión y barrera, puente y crisol de bárbaros y griegos, remueve las entrañas desde donde se hacen oír  las cadenciosas liras que llegan a la meseta como espuma sabrosa y brisa salobre, que devuelve paz a estos cielos cenicientos.