Sábado, 19 de agosto de 2017

Cultura viva

El 30 de enero de este año se celebró en el Palacio Real de Madrid un acto excepcional que fue expresión ideal de cultura viva. ¿Por qué subrayo esta palabra? Sin duda por las muy profundas razones que confluyeron en dicho acto. En primer lugar, por el público que acudió a él, nada monocorde. Se celebraba la clausura del IV centenario de la muerte de Cervantes, patrocinado por los Reyes, y parece que fue decisión de ellos que ese público no fuera el de un congreso literario o el de los compromisos formales que exigen este tipo de actos. Que, entre los dos centenares largos de personas que asistieron se encontraran, junto a representantes del mundo académico y diplomático, Plácido Domingo y Antonio López, Gutiérrez Aragón, Gonzalo Suárez y Jorge Edwards, Ángela Molina y los hermanos Gutiérrez Cava, por citar sólo a unos pocos, no fue casual. Tampoco el que hubiese una notable presencia de artistas y de creadores jóvenes. Acto pues excepcional por ese don precioso que es la cultura cuando se nos ofrece viva y no muerta.

La figura de Cervantes se tornó viva también por el carácter simbólico de las intervenciones, debidas a creadores, algo que quizás hubiera sido muy del gusto del autor del Quijote. Actores como Concha Velasco y José Luis Gómez recreaban directísimamente el amor que el autor tuvo al género teatral y a los comediantes, tan bien representados por la ágil y divertida actuación de los valiosos actores de Ron Lalá, de la Compañía de Teatro Clásico. Pensemos además que las músicas que nos trajo Álvaro Marías, con su grupo «Zarabanda», fueron las que escuchó el propio Cervantes, sobre todo la tierna y airosa «Recercada» de Diego Ortiz.

Ese afán de vivacidad, ese complejo ensamblaje de un acto, televisado en directo, necesitaba del magisterio y de la destreza profesional de dos directores teatrales de excepción, como son Helena Pimenta y Daniel Bianco. Acaso por el don que Cervantes creía que no tuvo para la poesía –aunque en ello la modestia cervantina no tuviera razón, pues nada tienen que envidiar a algunos de los de sus orgullosos coetáneos los dos sonetos, por ejemplo, que van en el Persiles –participó en el acto un poeta leyendo un poema. (Quién sabe: hacer hablar en el acto, en un poema, a un Cervantes que va a morir en la desposesión acaso fuera una muestra subliminal de la inexplicable situación laboral que hoy viven los escritores jubilados de libros).

Ese afán de revelar en Cervantes –en un acto creativo y de creadores– la vida y no la selva seca de comentarios e interpretaciones me había llevado, meses atrás, a releerlo, a buscar dónde está, por encima de los tópicos, su sabiduría; ese valor primordial que lo distingue y que, a su vez, es regido por dos coordenadas que fueron para él esenciales: el humanismo grecolatino, de raíz platónica y agustiniana, y el humanismo italiano, reiteradamente expuestos a lo largo de su extensa obra, pero de manera especial en la segunda parte del Quijote y en la tercera y cuarta del Persiles. Y releíamos también a Cervantes para huir de los muchos tópicos que a veces se nos imponen.

¿Cuáles son estos tópicos que achican la memoria de un escritor total? En primer lugar, su interpretación y su utilización epidérmicas, cuando no interesadas. En segundo lugar, el que sea un autor todavía poco leído –aunque por suerte muy editado– y no comprendido en lo que esencialmente fue. La tercera, y más común, es que estamos ante una obra que mal se libra de los tópicos porque a ello contribuye el genial humor del Quijote, frente al resto de las obras. Pensemos en nuevos tópicos: una obra que ironiza sobre los libros de caballerías, su avasallador e inteligente humor o el ser prioritariamente un «libro de aventuras» jocosas o grotescas. ¿Qué quedaría del Quijote –estoy pensando en el lector común, no en el especializado– si dejáramos de valorarlo en sus gigantes y molinos, o en las graciosas ocurrencias de Sancho?

Otras veces, al hilo de la utilización ideológica, el tópico se apoya en determinadas anécdotas, sobre todo en la escena del «escrutinio» de libros ante el fuego y en la tan manida y sobada en que caballero y escudero se topan con la iglesia del pueblo. No es necesario entrar ahora en el posible sentido doble, sesgado, de estas anécdotas, pero de ellas se ha hecho leña fácil por ese rancio anticlericalismo decimonónico español que aún se mantiene en pleno siglo XXI, frente al fértil concepto de lo sagrado, presencia constante en todas las civilizaciones.

Quienes sustentan el sentir y el pensar esenciales cervantinos en anécdotas o en frases ambivalentes ignoran uno de los más profundos sentidos que tiene su obra: su carga ética. Quienes leen e interpretan epidérmicamente a Cervantes no sólo ignoran la totalidad de su obra, sino de manera especial su carga ética y moral, que de manera tan reiterada brilla en su obra. (Lo moral: lo que «concierne al fuero interno o al respeto humano», según la tercera de las acepciones del diccionario de la RAE, y no a la moralina).

Pero hablaba de otra coordenada que marca a fuego la vida y la obra cervantinas. Es la de su humanismo, no sólo del de los clásicos grecolatinos, sino sobre todo el renacentista italiano. Nadie es ajeno a la experiencia de haber vivido Italia, que en Cervantes –en vivencias, viajes y lecturas– fue abrumadora. Un ejemplo al azar, pero muy ilustrativo, es el que nos ofrece su novela corta «El licenciado Vidriera», en la que, partiendo de las no menos humanistas orillas del Tormes salmantino, el protagonista del relato recuerda las más notables ciudades italianas que conoció y, a la vez, a través de ese disparatado personaje que es Tomás Rodaja, nos regala una catarata de sentencias cabales: otra vez la sabiduría esencial cervantina. Cervantes: ese consejero del lector que siempre asoma tras las bromas, gracias y peripecias de sus relatos.

Para más espacio daría detenernos en otro tópico. No muy difundido, pero no por ello menos superficial: el de la sexualidad de Cervantes, ese escritor que vive entre mujeres, condicionado por mujeres, y que a lo largo de su obra hace una continua, obsesiva a veces, exaltación de la mujer y de su belleza. El también tópico idealizado de Dulcinea, las innumerables mujeres de sus relatos, pero sobre todo esa exaltada y pasional visión de la mujer en las dos últimas partes del Persiles, con la inolvidable y popular entrada en Roma de las peregrinas –con la bellísima Auristela a la cabeza– deshacen cualquier interpretación ligera de los sentimientos cervantinos: «Apostaré que la diosa Venus, como en los tiempos pasados, vuelve a esta ciudad a ver las reliquias de su querido Eneas». Cervantes, aquel cautivo que es repetidamente perdonado tras sus fallidas fugas en Argel, simplemente porque las cartas que con él llevaba cuando fue raptado, del duque de Sesa y de don Juan de Austria, probaban que era un cautivo de primerísima categoría, al que había que tratar con respeto y cuidado. Así de sencillo.

Antonio Colinas, poeta

Artículo publicado en ABC