Lunes, 11 de diciembre de 2017

Palabras portadoras de vida

Bien podría ser una parábola, un cuento o algo así. Pero no, en esta ocasión se trata de una anécdota vivida en primera persona. Me ocurrió mientras caminaba por la calle. Inesperadamente, en un abrir y cerrar de ojos, aterrizó a mis pies un pequeño de no más de tres o cuatro años, que caminaba con su madre, pero que en uno de esos arranques que tienen los pequeños, se lanzó a correr solo, tropezó y terminó en caída libre, delante de mi.

      

   Instintivamente me agaché para ayudarle a levantarse y casi de modo automático le puse la mano sobre su cabecita, en un gesto de bendición, habitual en mi.

 

  Inmediatamente, la madre, que ya nos había alcanzado, tomó al pequeño de la mano y se puso a reprenderle: “No mi hijo, no te fíes nunca de nadie, que te pueden hacer daño”.

      

Interiormente me sentí mal. Pensé en cómo aprendemos tanto lo bueno y lo peor, por la enseñanza directa de quienes nos educan. Es así como aprendemos a ser desconfiados, algo que más tarde interferirá en nuestras relaciones humanas y en nuestra capacidad de amar, no digamos ya de creer.

     

  Alguien podría argumentar en contra, que así evitamos que los adultos abusen de los niños, pero no creo que ese sea un buen argumento. Porque se puede llegar al mismo fin por otro camino. Se puede educar al niño para que sepa discriminar entre lo que es bueno y lo que no lo es, pero no cercenando su capacidad de confianza.

      

Enseñar a desconfiar, no es la solución a nada. Es introducir en el alma humana la sospecha, que después será trabajoso combatir, cuando queramos amar a alguien, y la rutina de nuestras reacciones, fundadas siempre en aquello que aprendimos, nos hagan el camino del amor difícil. Entonces, sin saber lo que nos está pasando, sentiremos celos, inseguridades, ansiedad y un sin fin de emociones más que harán nuestra vida bastante desgraciada. Y es que de la postura que adoptemos al iniciar a los más pequeños en la vida, dependerá en mucho el futuro sujeto que pueda tener fe y confianza en algo como el misterio de Dios.

     

  Seamos conscientes de nuestra responsabilidad al educar y pensemos en nosotros mismos, en cual es nuestra actitud ante la vida, ante los demás y ante lo que no comprendemos. Ante Dios que es Amor, no podemos ser desconfiados, so pena de perder la fe, o tener serias dificultades para vivirla.

    

   Y en cuanto al Amor, también la desconfianza nos hará daño, pues no nos permitirá entregarnos del todo, siempre nos mantendrá a la defensiva para finalmente, encerrarnos en la jaula del ego, aislándonos del resto a quienes percibiremos como potenciales enemigos siempre al acecho.

      

El mejor regalo que se puede dar a un niño es enseñarle a confiar y a educarle en positivo. Cada pensamiento, positivo o negativo, deja huella en nuestro cerebro y para lograr que el cerebro lo aprenda hay que repetir muchas veces una misma cosa.