Lunes, 11 de diciembre de 2017

Aguilar Alcuaz, el Picasso de Filipinas

El martes pasado hablé sobre la pintura de una joven taiwanesa, Lun Yang, que estudió y reside habitualmente en Salamanca. Hoy traigo a esta sección a un pintor reconocido internacionalmente al que se ha denominado “el Picasso de Filipinas”: Federico Aguilar Alcuaz. Se han cumplido seis años de la muerte de este artista, que fue amigo entrañable de mi padre y padrino de mi hija Elena. Actualizo el capítulo que le dediqué en Más allá del personaje. Las ilustraciones son Aguilar Alcuaz retratado por Juan Amo, un óleo de la serie abstracta del artista filipino y el dibujo que éste me hizo en 1971.

Es obvio que los críticos se equivocan alguna vez. Y también los coleccionistas. Pero cuando la crítica es unáime y los mejores coleccionistas del mundo se interesan por su obra, estamos indudablemente ante un artista de renombre merecido. 

Federico Aguilar Alcuaz nació en Manila hace en 1932. Estudió Derecho en la capital de Filipinas, pero prefirió abandonar la toga y dedicarse a la pintura. Con su carrera de leyes en el bolsillo, viajó a Madrid para estudiar Arte. La consagración le llegaría en Barcelona. A partir de ahí, una sucesión vertiginosa de éxitos. Y, como tantas veces sucede, pese a haberse formado artísticamente en España, es más conocido en cualquier otro país. Se le considera uno de los escasos pintores "puente" entre el Este y el Oeste.

–Soy el primer extranjero que tuvo cuenta corriente en Checoslovaquia –me decía hace treinta y tantos años–. El dinero de lo que vendo allí no puedo sacarlo; así  que abrí un estudio cerca de Praga. También dispongo de estudio propio en Hannover, Nueva York, Barcelona y Manila.

La primera exposición de Federico Aguilar Alcuaz en Nueva York tuvo lugar en 1966 en el Seminario Internacional de las Artes y las Letras, que Henry Kissinger dirigía entonces en Harvard. En 1974 volvió a la ciudad de los rascacielos y colgó  sus óleos, acuarelas y tapices en las tres plantas de la galería Damon Runyon Walter, en una exposición patrocinada por la ciudad de Nueva York y las representaciones diplomáticas de Filipinas y España. Aquella muestra tuvo una acogida espectacular pese a la inusual cuota de entrada de 25 dólares, dinero destinado a la investigación contra el cáncer. Huelga decir que se han mostrado sus obras, vitales y coloristas, en las mejores salas y en los más prestigiosos museos del mundo. En su tierra, donde fue distinguido con la Orden Nacional del Arte, se le ha etiquetado como "El Picasso de Filipinas".  Como es norma entre los grandes pintores, Aguilar era un dibujante extraordinario. El retrato adjunto me lo dedicó en un viaje que hizo a Bilbao, donde expuso en el Museo de Bellas Artes.

–Me siento tan español como filipino. Allí  nací, pero uno es más del país en el que prefiere morir que del que proviene. Y yo quiero morir en España –me comentó a propósito de su condición de viajero cosmopolita.

No se cumplió ese deseo, pues falleció en Manila. Sus inconfundibles rasgos malayos, la timidez y una fina ironía completan el retrato de este notable personaje... ¡Ah!, y la frugalidad. Sus gustos gastronómicos no eran nada sofisticados. Sus bocados favoritos eran los arenques y el arroz cocido.