Sábado, 23 de junio de 2018

Hacer apostolado y difundir nuestras creencias...

El Papa Juan Pablo II -obrero en una fábrica de sosa cáustica durante la ocupación nazi de Polonia-, resumió algunas enseñanzas de San Jose María Escrivá afirmando que «para todo bautizado que quiera seguir fielmente a Cristo, la fábrica, la oficina, la biblioteca, el laboratorio o las paredes domésticas pueden transformarse en lugares de encuentro con el Señor, que decidió llevar una vida oculta durante treinta años. ¿Puede alguien dudar que los años de Jesús en Nazaret no fuesen ya parte integrante de su misión salvadora?»  Según el Santo Padre, «lo mismo sucede para nosotros. Las cosas de cada día, aparentemente grises, pueden adquirir, en su monotonía de gestos que parecen siempre iguales, una dimensión sobrenatural que las transfigura».

Hoy en día al abrir cualquier periódico digital vemos como curiosidad mil y un artículos de psicología que intentan darnos solución a nuestros problemas como los antiguos horóscopos de los periódicos de papel. Constatamos así que cuando afrontamos las etapas más difíciles de nuestra vida parece que quieren hacernos recurrir cada vez más a la psiquiatría, sin embargo el convertir el sufrimiento en enfermedad no es la mejor solución para seguir adelante. Tampoco, el trastear en las redes sociales nos va a aportar la socialización ni una ayuda humana y eficaz. La forma de atacar las tragedias con ayuda de la psicología sigue un guión en el que se repite lo transitorio del dolor aunque nos hayan arruinado la vida. Por lo que parece que cada vez más podemos cuestionar las técnicas psicológicas para contener el duelo del no creyente en los casos extremos o para afrontar los casos extremos de la vida, como una enfermedad grave, quedarse en el paro, muerte, enfermedad o rupturas sentimentales…

El Papa Francisco nos ha enseñado a participar y abrirnos a la misericordia de Dios. Debemos hacer apostolado y difundir nuestras creencias, nuestra religión según el propio carisma: en el trabajo cotidiano, en el seno de la propia familia, entre amigos y colegas, buscando –a pesar de nuestra debilidad– ser cada día mejores personas y servidores de los demás, con una actitud que pueda influir también positivamente en nuestro entorno: en este mundo que Dios ha hecho para que lo habitemos y gocemos. Cuando se descubre el sentido de la vida con la luz de la fe, todo cambia, e incluso las situaciones más difíciles se hacen llevaderas.

De lo que seamos cada uno de nosotros, depende el bien que podamos hacer. El primer bien es, sin duda, la oración. Sólo manteniendo un trato constante con Dios sabremos mirar y valorar con perspectiva las tendencias de este mundo. Sin oración, nada bueno se sostiene, nada noble perdura. El segundo medio será el mantenernos dueños de nosotros mismos: auto poseernos para poder darnos a Dios y a los demás, para poder servir, para no sucumbir ante los cambiantes estados de ánimo; para no caer en el delirio que brinda la oferta inabarcable de bienes materiales… Esta lucha por conquistar cotidianamente la propia libertad es, en parte, lo que los cristianos católicos llamamos mortificación: librarnos de lo caduco, de lo falso, con el fin de ofrecer a Dios y a los demás un amor intenso y de calidad. Y, por último, es crucial dejarse inundar por la ternura que Dios ofrece en sus sacramentos, como la eucaristía y la confesión. Luego viene la iniciativa personal, la creatividad, la colaboración con otros, la responsabilidad cívica, que lleva a emplearse a fondo para encontrar soluciones más humanas y católicas a los retos de este mundo tan lleno de pesadillas y de magníficas oportunidades.

Por su parte el cristianismo a través de la oración, desde sus formas más infantiles, es una estrategia, sin duda, para protegerse de la desgracia. En sus formas más maduras resumidas en la oración del Padrenuestro, “hágase tu voluntad…”, constituye el consuelo perfecto contra el infortunio transformando cualquier crisis en un suceso aceptable al otorgarle la esperanza de que algún día todo será mejor junto a Dios. Desligarse de la egolatría, imperante en nuestros días, para abrirse a la insignificancia propia y aceptar el papel que nos da la Iglesia y que tenemos como cristianos es la defensa ideal para adquirir serenidad frente a la muerte y a las situaciones extremas.

Enfrentarse a la desgracia desde el materialismo del ateo es complicado o, por qué no, absurdo. El azar carece de significado y la tragedia debe aceptarse sin más. La falta de creencias o la lúcida amargura al final nutrirá la falta de coraje que nutre la fantasía psicoterapéutica con la que todos los días nos bombardean desde todos los medios de comunicación.

La sociedad heredera de los principios de la revolución francesa empieza a estar cuestionada, y cada vez más nos preguntamos sobre la importancia de la religión para afrontar nuestras vidas. La desgracia y el consuelo personalizado y la empatía mercenaria personificada por el psicólogo, que, a manera de plañidera o de pozo sin fondo, moviliza el Estado para representar la liturgia prescrita en el manual está cada vez más obsoleta.

La Iglesia siempre ha sabido crear una subjetividad colectiva que aporta un vínculo afectivo entre sus miembros que los protege de la desesperación. El cristianismo vivido plenamente deja en entredicho la omnipotencia técnica del psicólogo. Vemos en este hecho que el hombre desde su espíritu y desde el poder de la comunidad, la iglesia, es capaz de reconstruir el arte de consolar o aliviar el dolor. Al poner en común los problemas o el dolor, la memoria colectiva de los vivos recoge el testigo de los que se fueron y hace que continuemos nuestras vidas con más fuerza sin abandonarnos al abatimiento.

La solidaridad heredada del cristianismo es muy importante en estos tiempos. Seamos solidarios y no dejemos solos a los que sufren. Este es sin duda el mensaje que Cristo nos enseñó, no debemos olvidarlo.