Sábado, 22 de julio de 2017

Aniversario

Con motivo de la conmemoración del cuadragésimo aniversario de la llamada “matanza de Atocha”, en la que cinco personas fueron vilmente asesinadas por pistoleros franquistas el 24 de enero de 1977, además de los sentidos homenajes y las sinceras lágrimas de unos pocos, hemos tenido que asistir, organizada por la trompetería oficial político-periodística, a la enésima celebración del endiosamiento de lo que algunos han llamado “CT, Cultura de la Transición” o, para decirlo de otro modo, a la reposición y cansino pregón de la incontestable manufactura de la narración del postfranquismo inventada por sus rentistas, que ha devenido en esta pseudodemocracia española de colorín, y que ha ido calando en un imaginario colectivo y una opinión pública (es un decir), eficazmente manipulados y convenientemente intoxicados durante décadas por los discursos políticos y los editoriales periodísticos, que han falsificado con notable descaro e indudable éxito, la historia y la intrahistoria de los primeros años del postfranquismo.

De las oceánicas necesidades de todo orden de un país acogotado y atemorizado, que después de cuarenta años de sangrienta dictadura tenía en 1975 sed de casi todo, se aprovecharon arribistas de todo pelaje, emboscados de toda laya, conspiradores y clasistas de todo color, para hacerse directa o indirectamente con los mecanismos de control de las instituciones y, bajo la denominación ‘democracia’, y con el aberrante subtítulo de “monarquía parlamentaria” en el frontispicio de los apaños, emprendieron lo que llamaron “reforma” del régimen dictatorial, labor opuesta e impuesta con presiones e incontables tretas, amenazas y chantajes a los deseos de quienes apostaban por la “ruptura” con la vileza franquista que había hundido en la miseria moral al país y en la angustia del estupor y la ignorancia a sus habitantes.

Personas bienintencionadas, que las hubo entonces, se vieron arrastradas, anuladas o manipuladas por la progresiva desactivación de las luchas en pro de la libertad y por la imposición de compromisos fruto de amenazas, pactos consecuencia de presiones, acuerdos surgidos de la necesidad o aceptaciones temporales luego convertidas en permanentes. Se colonizó oficialmente la cultura que impidió el aire fresco en las anquilosadas bisagras de la gualdrapa acultural de la dictadura, y la consecuencia es este trompeteo cultureta de la subvención y el amiguismo; se secuestró el debate público y la participación popular mediante el abordaje, ocupación y manipulación de las organizaciones ciudadanas, y la consecuencia es esta molicie participativa, esta vagancia desinteresada y egoísta que propicia la corrupción y este ganduleo neuronal generalizado que da alas a los manipuladores y permite la pervivencia de instituciones arcaicas que roen el presupuesto público como si fuera cosa propia; se inventó lo ‘políticamente correcto’ como instrumento de desactivación de la crítica y se elevó una aberración como la monarquía a la categoría de imprescindible y poco menos que mesiánica, con lo que el servilismo político, la subsidiariedad, la sumisión, la genuflexión y el autoritarismo institucional han campado a sus anchas desde el primer momento y todavía. Se construyó un pensamiento victimista que quería justificar y absolver cualquier dislate político o social en base a su mera comparación con el terrorismo, y así se logró la exagerada reverencia a las víctimas, la anulación total de la reconciliación y el interminable reino del rencor; se potenciaron relatos, narraciones, testimonios, memorias, informes y santos y santones que describían y narraban y alababan esa transición de medias tintas y personajillos de poco más o menos, como si fuese el territorio de la suprema libertad, y se diseñó un tejido político, cultural y hasta mental de división entre ‘los demócratas’ sumisos como santos y cualquier crítico como demonio, anatematizando a éstos y poco a poco casi identificándolos con enemigos de la patria.  Así, una pseudodemocracia que hurtaba el ejercicio de la soberanía al pueblo poniéndola en manos de un sistema representativo partidista, elitista y excluyente, que sólo dejó a ese mismo pueblo el único detalle de introducir cada cuatro años una papeleta en las urnas, también se aseguró la ausencia de mecanismos de control de esos mismos representantes, o el mero incumplimiento acordado de sus obligaciones de rendir cuentas, convirtiendo la vida institucional del país en una suerte de juego de la aristocracia política que se daban y pedían explicaciones a sí mismos.

Cada 24 de enero seguiremos recordando a Luis Javier, Enrique, Serafín, Ángel y Francisco Javier, y honraremos su memoria. Pero también sabremos, cada uno de los trescientos sesenta y cuatro días restantes del año, que todos ellos luchaban por algo muy distinto de este mal decorado en que tiene lugar su aniversario.