Domingo, 22 de abril de 2018

De la mano

A las personas de mi generación, millennials en la jerga demográfica o sociológica, no nos resulta fácil identificarnos con un hecho histórico que atravesara de norte a sur nuestra existencia. No, al menos, a las que vivimos en España, donde nuestros predecesores se agrupaban naturalmente en función de si su juventud había transcurrido antes o después de la Guerra (y todo el mundo sabe de qué guerra estoy hablando), de forma previa o posterior a la Transición. Es cierto, no se tiren de los pelos, bien podría ser la Crisis, sustantivo que ya merece aparecer en mayúscula, la protagonista del relato que contaremos a nuestros nietos al calor de una lumbre holográfica. O el 11-S y todo lo que supuso en la reconfiguración de la relación entre libertad y seguridad y en el desdibujamiento de los viejos equilibrios geoestratégicos.

 

Sin embargo, a los amantes del deporte nos gusta servirnos de otro tipo de acontecimientos para explicar nuestra filiación cronológica con este mundo, con el tiempo que nos ha sido asignado para procurar ser felices, expander nuestros genes y, tal vez, legar un poco de conocimiento o sensibilidad a los infinitos seres que aún están por venir. Así, muchas generaciones se distinguieron de las otras por haber sido testigos del gol de Zarra o haber visto jugar a Zamora. Por haber empujado a Bahamontes por las cumbres alpinas o haber acudido a El Jarama, La Bañeza o Jerez a disfrutar de las victorias de Nieto.

 

Para nosotros, los millennials, es tentador hacer piña con los de tu equipo, recordar séptimas o goles de Koeman, incluso el fatalismo de las finales perdidas en el tiempo de descuento o los penaltis. Pero hay una opción mucho mejor para articular ese discurso nostálgico que entonaremos si la vida nos permite llegar a viejos: hablar de Nadal y Federer. De Federer y Nadal como binomio inseparable, como conjunto de dos personalidades cuya impronta va mucho más allá de lo que dicen sus historiales plagados de éxitos. De dos genios de la raqueta de cualidades tenísticas diametralmente opuestas, pero con un carácter necesariamente semejante. Ese que aún les mantiene competitivos pasada la treintena (muy pasada en el caso de Federer, que tiene 35 años) frente a jóvenes más elásticos y más potentes, frente a chavales que, por el hecho de tenerlo todo por delante, deberían llevar repletos los tanques de la ambición.

 

Pero ahí siguen, redefiniendo pequeños elementos de su juego; atentos a posibles mejoras técnicas, escuchando voces expertas –ellos, que lo saben todo– y soñando, por qué no, con volver a ganar en Melbourne, París, Londres o Nueva York. Precisamente, de sus sueños y trabajo, del respeto que se profesan mutuamente, del amor al tenis, a la vida y a sus contemporáneos que transmiten en cada declaración, parte la admiración de todos los que crecimos a la par que ellos, sufriendo en paralelo el desmoronamiento de las viejas estructuras socioeconómicas y tomando nota de su ejemplo para no desfallecer. No tengo dudas: pertenezco a la generación que se hizo adulta viendo jugar a Federer y a Nadal. Que los contempló llegando, viendo y triunfando, pero también muriendo y, por supuesto, resucitando.