Sábado, 22 de julio de 2017

Papá 'bullying'

El suicidio de niños en edad escolar por causa del maltrato, y el sufrimiento sin medida de miles de niños, todavía vivos, sometidos a la brutalidad, el sadismo, la iniquidad y las agresiones de compañeros de colegio, están reflejando, crecientemente, más que una situación social de absoluta desatención a la infancia y a la realidad de la infancia, un espejo en que mirar la realidad educativa familiar –inexistente- que en este país, salvo escasísimas excepciones, transmite como “valores” y “ejemplos”  la brutalidad, la intolerancia, el egoísmo, el desprecio, la codicia, el desinterés, la soberbia despectiva o el individualismo excluyente. Y la violencia.

Del mismo modo que es fácil adivinar qué tipo de aficiones o deseos alberga, en su caso, la cabeza del macarra cuyo coche deportivo circula excediendo estrepitosamente la velocidad y con la ruidosa música a todo volumen, no es difícil, al mirar al niño acosador en el colegio, imaginar casi con detalle cómo son y de qué hablan sus padres, casi cómo visten y se mueven,  qué gustos tienen, qué reacciones tendrán ante determinados estímulos, la manera que tienen de evadirse de su propia nadería o de convertirla en modo de vivir, la molicie educativa que albergan, la vagancia imitativa, la irresponsabilidad que los define, y hasta casi uno es capaz de imaginar sin mucho error la decoración (!) de sus casas o sus hábitos de ocio.

No es propósito de estas líneas el prejuicio y mucho menos la arbitrariedad interpretativa en cuanto a uno de los fenómenos más detestables que la malcrianza educativa lleva generando en este país desde hace decenios, el llamado bullying o acoso escolar. Sí lo es constatar la evidencia de que la maldad que ese comportamiento conlleva, sobre todo practicado por menores en fase de crecimiento y supuesta maduración, es un reflejo muy directo de las estremecedoras carencias educativas familiares que, arrastradas durante generaciones por la gandulería mental que imita y sigue imitando comportamientos de hace un siglo, y escondidas o embozadas tras los falsos ropajes de una vida familiar y un comportamiento social ‘al uso’, ya no son capaces de ocultar la miseria en que se asienta una labor educativa familiar inexistente y a la que, si algún rasgo pedagógico cabe buscarle, no es otro que una cuestión de poder, de soberbia posesiva, de manipulación antojadiza y, sobre todo, de oceánica ignorancia.

El condicionamiento y la manipulación de los demás ha sido siempre un arma y un instrumento en manos de los poderosos, aunque los hayan camuflado con palabras tales como ‘educación’. En relaciones en las que la paternidad o maternidad adolecen de una absoluta falta de criterio, preparación, interés o incluso mera capacidad para ejercerla (querer ser padres sin saber serlo), la relación padre-hijo se basa entonces en la imposición, el autoritarismo o, mucho peor, el desinterés y la indiferencia hacia comportamientos de depravación y deterioro adquiridos por el niño en contacto con otros quizá más dejados en manos de su propia brutalidad.

La importancia emocional de la infancia, cuya razonable educación en sus ámbitos familiares debiera ser motivo de preocupación y acciones permanentes por parte de los poderes públicos, hace que su ausencia o desatención descubra, en muchos casos mediante comportamientos de acoso, el bullying, las devastadoras consecuencias de ese ejercicio de poder oculto paternal que manifiestan sus vástagos con incomprensible crueldad.

Capítulo aparte merecerían ciertas expresiones y acciones paternas y maternas, que convertidas –a su pesar o porque jamás les ha importado lo que en ellos puedan ver sus hijos- en ejemplaridad para el infante, son expresados luego en los ámbitos de ‘poder’ del escolar donde el niño reproduce las ‘indecencias’ familiares con una inclemente jactancia que desemboca siempre en el acoso y el maltrato. Capítulo aparte merecería también la pasividad cómplice de quienes ejercen ese otro tipo de acoso y maltrato que es la cobardía, posiblemente del mismo modo imitada intramuros de sus casas; o la desatención, o la indiferencia...; o ese repetido intento de evitar la responsabilidad de instituciones, gestores y “educadores” de circunscribir al ámbito de las ‘cosas de niños’ una realidad en la que las complicidades pueden repartirse generosamente.

Al igual que con el maltrato a las mujeres, la homofobia, el racismo, la aporofobia, la misoginia excluyente, la desigualdad, la injusticia instituida, la xenofobia o las mil formas de marginación, crueldad y sevicia existentes en el enfermizo mundo que nos desabriga, gran parte de los autores de estos crímenes son aplicados practicantes cuyos comportamientos han sido adquiridos por herencia, ineducación, ejemplaridad o imitación. O porque sí.